Mes: enero 2008

MI NATURALEZA

No puedo dejar de transcribir un texto del poeta Heine muy a tono con nuestras perversiones más íntimas, con nuestros delirios más recónditos, sin perder por ello un ápice de cierto humor sardónico, el necesario, simplemente, para seguir en el margen de resistencia del que hacemos gala cada día, aunque cada vez menos:

“Mi naturaleza es de las más apacibles. Mis deseos son: una casita humilde con su tejado de paja, una buena cama, buena comida, la leche y la mantequilla más frescas y unos cuantos árboles de buen porte frente a mi puerta; y si Dios quiere que mi felicidad sea completa, me concederá la dicha de ver a seis o siete de mis enemigos colgados de esos árboles. Antes de su muerte, con el corazón conmovido, les perdonaré todo el mal que me hicieron en vida. Es verdad que hay que perdonar a los enemigos; pero no antes de ahorcarles”.

EL DIBUJO BORRADO

Willem de Kooning era un gran y portentoso dibujante y esa condición se manifestaba claramente respecto a la generación siguiente de pintores americanos.

Un día, Robert Rauschenberg apareció en su estudio y le pidió un dibujo. De Kooning, algo sorprendido, le ofreció uno de técnica mixta de hacía unos años. A continuación, Rauschenberg, con el dibujo en su poder, lo borró y en 1.953 lo expuso con el título “De Kooning borrado”, algo que, como es lógico, enfadó terriblemente a éste.

De esta anécdota se pueden derivar interpretaciones y conclusiones varias, si bien la vertiente ética y afectiva marca un contrapunto que es el que inicialmente llama la atención. Es penetrar ya en el ámbito de la legitimidad y hasta de la licitud o ilicitud, con independencia de que pensemos que es un gesto ofensivo y desagradecido.

Y después, y al hilo de ester primer corolario, nos asalta la sensación de que tal hecho formaba parte del pasado, que constituía un acto de rebeldía y destructivo muy a tono con el movimiento dadaista de principios del siglo XX. Un acto irreverente que se comete con el fin de mostrar que hay que borrar lo que nos precede porque no es válido, porque siempre estuvo obsoleto y caduco fuesen las obras de artistas de genio o no.


Es, dentro de este contexto, un ideario donde la novedad y la innovación se erigen en los auténticos vértices del quehacer artístico, o lo que es lo mismo, en la erección de un código programático que no tiene en consideración otras herramientas más que las que se necesitan para crear invenciones de todo tipo. Es una experimentación sobre otros moldes, sobre otras fórmulas. Pero también es cultivar la impostura, el nihilismo, un conceptualismo vacío, sin agarre en lo real. Es la búsqueda, por encima de todo, de un impacto visual y un escándalo social fruto de la provocación.


Con ello se produce una quiebra y una supuesta pérdida, con motivo de la misma, de un desarrollo que hubiese marcado pautas más sólidas y también enraizadas en una forma de hacer arte acorde con su tiempo. El valorar la mera innovación por sí misma no garantiza sus resultados. O por lo menos ese es mi pensamiento.

EL COMERCIO DEL ARTE

Este pasado sábado visité una vez más la Feria de Arte en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. Suelo acudir todos los años porque mantengo la esperanza de que nos haga disfrutar del mejor arte que se hizo y se continúa haciendo en España.

Y cada año salgo con el mismo sabor agridulce aunque no desengañado del todo pues con que haya esa obra que nos deslumbra y engancha es suficiente.

Y a este respecto he de señalar que me topé con un imponente retrato de Antonio Saura que compensaba cualquier incomodidad o cualquier sacrificio que uno hubiese soportado en el hecho de desplazarse a este evento.

Antonio Saura es un genial retratista que reune en esas obras de gran formato una síntesis y una culminación. Veo a Velázquez y a Quevedo. Incluso a Goya y Gutiérrez Solana. Y también a Zurbarán. Es un compendio donde historia y pintura se emplazan y se exaltan. Y es la magia de una visión que ha tenido la capacidad para mirar más allá y después traerlo más acá, hasta nosotros como espectadores de lo contemporáneo pero también de lo que nos ha situado en el tiempo.

También se exponían trabajos relevantes de Rodríguez Luna, Feito, Guinovart y un Barceló que me pareció desbordante (tiene la virtud, nunca mejor dicho, de bajar a ese mundo, el telúrico, y visualizarnos su misterio como un espíritu siempre en trance). Por supuesto, no faltaban los Picassos y Tápies acostumbrados. Y unos grabados de Lucio Muñoz que me fascinaron.

Por otro lado, es deplorable que según vas acercándote a los stand vas percibiendo el murmullo del va y viene de los tratos, de la especulación, de las transacciones, de las quejas, como si de lo que de verdad se debatiese fuese similar a lo que que se encuentra uno en el Corte Inglés. Igual. Y no digo que no sea procedente, al fin y al cabo es un mercado, lo que siento profundamente es ese “chafardeo” que lo degrada y lo desvirtúa. Que el arte no puede vivir sin ese comercio, debe de ser cierto de momento porque no se han intentado nuevas alternativas que funcionasen con éxito. Pero no por ello debe abandonarse el intento pues hay demasiados intermediarios -siempre desgraciadamente presentes en todas las facetas de lo económico-, especuladores, miserables y vividores a cuenta del mismo.

He de apuntar además que por parte de los representantes o encargados de las firmas que exponían era objeto de una mirada despectiva. Siempre me ocurre. Estaba claro que no me veían como potencial comprador (es que ni siquiera daban margen a la duda, ¡triste aspecto el mío!). Y no es de extrañar examinados los precios.

El año que viene repetiré y no dudo que saldré de nuevo con el mismo sentir. Alabado sea.

LOS ROSTROS

Los rostros siempre han despertado en nosotros ansias, angustias y perturbaciones. Verlos, cuando su especificidad es penetrante, nos conturba tanto que en un primer momento queremos pasar de largo, para después regresar a su presencia e intentar descifrar aquellos rasgos en aras a distanciarnos de ellos lo máximo posible.

Este grafito, obra del pintor ibicenco y metafísico, o así me parece, Froilán León Orozco, tiene un formato de radiografía, ésa que nos desnuda y nos deja ver la osamenta abominable con la que hemos sido creados y hemos evolucionado. En este caso, sin llegar a tanto, se percibe esa intencionalidad, la de una visión interior que se impone a una realidad exterior.

Visión interior que modula unas facciones óseas, duras, alargadas, inhóspitas, carentes de gestos (no importa si son de hombre o de mujer), con unos ojos fijos que se te clavan en la mirada y la atraviesan. Y para que esa revelación sea más honda, la faz se configura inarmónicamente pero articulada como un todo, de tal forma que absorba la imperfección de nuestra propia naturaleza. Derecha e izquierda son como mapas con distintas coordenadas físicas, en unas las curvas tienen amplitud, en otras líneas rectas como tajos. Y esa extraña oreja con apariencia de insólita caracola.

No es cuestión de hablar de antecedentes, ni de observar afinidades o influencias. De lo que se trata es de admirar su misterio, de admirar la magia plástica que se contiene en un rostro que se ha sabido definir con la propiedad de lo que el arte requiere. Y también de esa sabiduría instintiva que hace salir de lo informe, de la nada, la verdad de nuestra propia condición.

Los rostros, desde la antigüedad, siempre nos han obsesionado porque es aquella parte del cuerpo humano que consideramos el centro de la vida y de ahí la infinidad de retratos y efigies que se han ido multiplicando. Y que seguirán porque todavía continúan siendo capaces de construir una realidad que el artista no dejará de utilizar. Pues bien, lo que hay que hacer es disfrutarlos y concederles un espacio en nuestra existencia.

LAS VENTOLERAS DE HUMBERTO

A mi amigo, el pintor habanero Humberto, de vez en cuando le asaltan unas ventoleras terribles. Suele ocurrir cuando el viento del sur invade el malecón y se engancha por una vía medio fluvial medio urbana hasta llegar a su taller. Entonces, sea la hora que sea, se desnorta y pierde el hilo.

En una ocasión llegó a su casa a medianoche con dos pescados frescos con la pretensión de que la flaca, su mujer, los friera y se los pusiera de cena. Cuando ésta le dijo que no había aceite, le vino la chaladura y se inició el acostumbrado intercambio de gritos, lamentos, imprecaciones, maldiciones e improperios. Tan estrepitosa fue la secuencia que un sobrino que pasaba unos días con ellos apareció alarmado por lo que estaba pasando. Humberto, nada más verlo, le pide que vaya a buscarle aceite donde pueda. El niño, de unos doce años, le dice que a esas horas es imposible conseguirlo. Ante lo cual el artista le dice que le traiga entonces de su taller el de linaza.

Y con ese aceite venenoso se fríe el pescado que cuando se dispone a comer vomita al primer bocado. Su ira es tan grande que lanza la cazuela con los pescados por la ventana. El sobrino, conocedor de las genialidades que esporádicamente le asaltaban a su tío, remató su acción tirando por la ventana la sartén. Fue tal el entusiasmo y regocijo del pintor que cogió en brazos al niño y manteniéndole en el aire le espeta: ¡Fidelito, tú si qué eres un hombre, te has portado!

El niño, presintiendo sagazmente que tal frenesí lo único que anunciaba era su próximo lanzamiento por la ventana en pos de la cazuela y de la sartén, hizo una seña a su tía, la cual, habiéndose dado cuenta también de la difícil coyuntura del chaval, se quedó en cueros vivos allí

mismo y le dijo: “lo que es yo, me voy a la cama”. No hizo falta más para que el arrebatado artista pusiera en tierra al infeliz rapaz y se fuese renqueante detrás de ella.

No importa si es una anécdota espuria, lo que realmente es regocijante es que pudiese haberlo sido dado el carácter novelesco de mi amigo y genial pintor Humberto, aunque es un hombre carente de cualquier asomo de violencia, fuerza o dureza.

A él le toca ahora elegir el

frontispicio de esta falsa oda a la ventolera.

EL TALLER DEL ARTISTA

Penetrar en el taller de un artista y acompañarle en su proceso de creación constituye uno de esos álgidos momentos de goce que algunos amantes del arte recuerdan con delectación. Y digo algunos porque no todos tienen esa inmensa suerte.


Curiosear por todo el perímetro las miles de cosas, artefactos y materiales heterogéneos que lo inundan, atisbar el caos aparente, las manchas de color en las paredes y en los escasos muebles, los bastidores apoyados en cualquier sitio, los innumerables trapos tirados aquí y allá, los lienzos sin estrenar y los emborronados adosados a la pared, las sillas y asientos destartalados, en fin, asistir a la vida palpitante de todo un universo por el que confluye y camina el misterio de la creación, es una oportunidad que no se presenta todos los días.


Y después él, que se enciende un cigarrillo, toma un sorbo de agua, se planta ante el trípode o se sube el andamio y comienza a rastrear las huellas de lo que estaba ya hecho, primero con dudas, después con una seguridad aplastante, impone en nosotros un sumo silencio, con el que asistimos a esa ceremonia con perplejidad pues lo que ese proceso nos descubre no nos lo podíamos imaginar.


Felipe II, rey sombrío, complejo y pusilánime, disfrutaba enormemente de la compañía de sus pintores de corte en las estancias destinadas a ellos para su trabajo. Con Antonio Moro se pasaba largos ratos viéndole pintar e incluso le distraía con sus comentarios y sus cuentos o sus preocupaciones. Tal es así, que el pintor, cuando ya era excesivo el tiempo que perdía en estas conversaciones, le tocaba suavemente en el hombro al rey, el cual entendía el gesto, se excusaba y abandonaba el estudio. La Inquisición sospechó que esta relación tan estrecha sólo podía deberse al uso por parte Moro de un brebaje que sometía la voluntad del rey a su servicio. Avisado y temeroso aquél de estos recelos pidió al rey que le dejara viajar a Bruselas y de allí nunca más volvió.


Esta misma práctica la repitió el rey con el pintor Alonso Sánchez Coello, el cual residía en unos aposentos de palacio a los que solamente tenía acceso Felipe II, el cual le visitaba asiduamente. Cuando el artista era sorprendido pintando en silencio y por la espalda por el rey, éste le colocaba las manos sobre los hombros para que no se levantara y continuara con su trabajo mientras observaba con detenimiento el quehacer que estaba llevando a cabo.

Creo, como resumen, que a ese sitio, ese continente donde se fragua y proyecta la labor del artista, no se le confiere la importancia que tiene, pues se ignora su sólida influencia en la gestación del arte. Y también se le desdeña a pesar de la ofrenda que nos hace si fuese más conocido.

EL BOSCO


  • He de reconocer que Hieronymus Bosco es uno de mis pintores más preferidos y que su permanente contemporaneidad y modernidad es, yo creo, el auténtico núcleo de su enigma. Su visión nos conturba pero eso se debe a que la tenemos tan cerca como que al salir del Museo nos la encontramos visible en toda su crudeza.

    Juan Antonio Ramírez sostiene que la utopía del El Bosco siegue siendo un unicum histórico cuya asimilación correcta por la sensibilidad de nuestro tiempo tendrá todavía que esperar. Y concluye que es innegable la actualidad de semejante mundo pictórico en estos tiempos dominados por los monstruos del terror, la intolerancia y la destrucción.

    Sobre su obra se han establecido infinidad de teorías, bastante desorientadas a mi parecer, de las que únicamente haré mención de algunas, tomadas de un libro de Eduardo Chamorro:

    – Para Guicciardini era un inventor notabilísimo y maravilloso de cosas fantásticas y extrañas.

    – C.Roy se refiere a él como ejemplo de un retratista de un estado nauseabundo del alma.

    – El padre Sigüenza observa que si los demás tratan de pintar a los hombres como aparecen por fuera, él tiene el valor de pintarlos cuales son por dentro, en su interior.

    – Para Huizinga, es una mezcla del aire sulfuroso del infierno con las ventosidades de la bufonada.

    – Pierre Francastel considera que tiende a materializar lóbregas visiones del alma humana.

    Cuando el editor Rizzoli le encarga a Dino Buzzati un trabajo sobre el Bosco, viajó a su ciudad natal y allí se encontró con un viejo relojero que se decía descendiente de él. Éste le comenta a Buzzati que todo lo que se ha escrito sobre él es inútil, no sirve para nada. ¡Pero, asegura, si no ha habido un pintor tan realista y diáfano como él! ¡Qué fantasía ni qué pesadillas ni qué magia negra! ¡La realidad monda y lironda que tenía ante sí! ¡Sólo que él era un genio que veía lo que nadie, ni antes o después, ha sido capaz de ver!

    Si he de decantarme, me inclino por esta última, creo que es la más clarividente.

LA NEUROSIS Y CÉZANNE

Freud mantenía la tesis de que el artista es un introvertido que roza la neurosis; un introvertido que desea conquistar honor, riqueza, gloria, el amor de las mujeres, pero que escapa a la neurosis gracias a la fantasía del arte. “Todo hombre insatisfecho se aparta de la realidad y concentra todo su interés y también su líbido en los deseos creados por la vida imaginativa, lo que fácilmente puede llevarlo a la neurosis”.

Balzac afirmaba que un deseo satisfecho puede impedir el nacimiento de una obra de arte: “una mujer con la que uno se acuesta es una novela que no se escribe”.

Zola, en sus notas preparatorias de su novela “La Obra” escribe sobre Cézanne: “tenía desconfianza de la mujer….Jamás llevaba muchachas a su casa; las ignoraba a todas con una timidez sufriente que ocultaba bajo una fanfarronada de brutalidad…..No necesito mujeres, decía, me molestarían mucho. No sé para qué sirven, siempre he tenido miedo de probar”.

¿Era este pintor un neurótico además de introvertido?

Eso parece según lo describe Gimpel: artista romántico y bohemio que se encierra en una torre de marfil, inestable, ardiente, irritable, víctima frecuente de crisis de depresión y melancolía, solitario, tímido, terriblemente orgulloso, que huye de la sociedad y de las responsabilidades, del trato con los hombres y mujeres y hasta con los amigos, hostil al progreso y a la razón, indiferente a la miseria y al destino humano, y para quien el arte es un refugio, un salvavidas, un sustituto, una compensación. Blasfemaba, pronunciaba palabras indecentes y acostumbraba a ir desarreglado.

Es famosa la anécdota que tiene a Manet como centro de sus ojerizas: como no le agradaba éste por su refinamiento, cuando estaba en su presencia se sacaba el sombrero y sonriendo y con voz gangosa le decía: “no le doy la mano, señor Manet, porque hace ocho días que no me las lavo”.

¿Se puede concluir que la obra magnífica y pionera de Cézanne es fruto de esta, por calificarlo así, anomalía psíquica? ¿En qué en él se produce un deseo sexual insatisfecho que tiene como compensación su creatividad? ¿Se basa todo ello acaso en lo que Dracoulidès sostiene: que, en su período de deseo, el instinto sexual excita la imaginación y la aplaca en su período de satisfacción?

Lo que sí ha debido ser cierto es que Cézanne no fue un hombre de fácil trato dado su orgullo y arrogancia, incluso puede pensarse que se vio a sí mismo como un predestinado a mayor gloria del arte y por tanto a ser un hito en la historia.

ARTISTAS DEL QUATTROCENTO

Jean Gimpel, en su libro “Contra el arte y los artistas”, detalla como la deificación de los artistas de la época del Quattrocento como consecuencia de las ideas neoplatónicas de Marsilio Ficino, protegido de los Médicis, llega al punto de que éstos son los que imponen condiciones a sus antaño mecenas. Ahora son los Papas y los emperadores los que ambicionan hacerse con una obra ejecutada por su mano.

Rafael declara: “me pagan por mis trabajos lo que yo pido”, lo cual le permitió enriquecerse y vivir como sus clientes.

Vasari nos da referencia de la vida de los artistas, comiendo, festejando y divirtiéndose. No se lavaban jamás las manos, ni el rostro, ni la cabeza, ni la barba; cuando comían se servían de sus bosquejos a modo de mesas y sólo bebían de la botella; no soportaban que se barriera su casa, ni cambiaran su cama más de una vez por cada dos meses. Trabajan para quien les gusta y cuando se les ocurre.

Jean Gimpel nos dice que se describían como caprichosos, extraños, fantasiosos, excéntricos y singulares. Y estaban sujetos a crisis de depresión y melancolía.

Vasari comenta de Pontormo: trabajaba sólo para las personas que le gustaban y cuando le parecía bien.

Miguel Angel se enfrenta a los Papas y a Aretino (primer crítico de arte que era temido por los soberanos de Europa), negándole a este último un dibujo hecho por su mano.

Entonces ¿sería éste el precedente de la acusación formulada por Thomas Mann en el siglo XX: que todos los débiles, los enfermos, los degenerados, los aventureros, los estafadores, los criminales y hasta el mismo Hitler tienen un parentesco espiritual con el artista?

Antes, también Proodhon se vuelca en recriminaciones similares: “forman una clase aparte, imperiosa por el ideal, pero inferior por la razón y la moralidad….Podemos entendernos con un filósofo, un sabio, un empresario, un militar, un legislador, un economista; con todo el que calcula, razona, computa; pero con un artista, es imposible”.

Hablar de la psicología del artista es largo y complejo pero estos testimonios nos dejan a perpetuidad una visión de su personalidad a través de la historia, que además de ser útiles son singulares.

Pero la importancia a partir de entonces del arte y los artistas, la comercialización que conllevó (ya en este tiempo aparece la figura del marchante), la creación de un mercado consolidado que se inaugura, establece una nueva pauta respecto al pasado que será definitiva.

FLATULENCIAS TERMINOLÓGICAS O SEMÁNTICAS

Me detengo de pasada ante unos fragmentos de críticas de arte que reproduzco literalmente:

“…en espontáneo parto liberador hace emerger de la nada una presencia, para que el imaginario entre en clara actitud perturbadora en su búsqueda….”

” …la obra es un deseo por determinar la idea a partir de una configuración que se aproxima a la abstracción insinuada…”

Estos monumentos fraseológicos pueden encontrarse a miles en la actual apreciación artística que se estila tanto en medios informativos como en publicaciones y revistas. Tanta profusión viene siendo inaudita y debe obligar a preguntarnos la raíz de estas flatulencias terminológicas y semánticas que enturbian y deforman la orientación que se supone que son para el espectador y aficionado al arte.

Uno de los motivos es considerarse el crítico un representante inequívoco de un gremio de especialistas que, ungidos de la inspiración y del profundo conocimiento, entablan una feroz competencia en el establecimiento de siempre un más allá ante una obra, en su supuesta originalidad, en su conjeturada trascendencia, en su sospechada ruptura, con lo que el resultado es que la obra ya no es no por sí misma sino por lo que de ella se ha escrito. De ahí procede una pretendida opacidad y un verborreico hermetismo que tiene como fin el intimidar al espectador, de tal manera que éste reconozca su inferioridad intelectual por una parte y su estupor por otra a la hora de calibrar la importancia de un trabajo artístico y el impacto que sobre él ejerce.

También estamos ante demostraciones inanes de intervenciones que no tienen contenido ni esencia pues tal fenómeno plástico no lo acredita pero sí existe el compromiso de revestirlo. Y entonces se le ornamenta con huera fraseología.

Y por último se encuentran los seudoexpertos que han oído campanas pero no saben dónde. Éstos copian, plagian, se hacen con la terminología que consideran que es la adecuada, para al final reclamar que han recogido fielmente el espíritu de la interpretación y análisis estéticos.

Es un panorama bastante penoso del que siempre hay un perjudicado: el amante, aficionado o espectador de arte, según como queramos llamarlo.

Yo mismo peco igualmente de algunos de estos rasgos -muchas veces es hasta inevitable- si bien trato de sofrenar estos impulsos que cuando toman velocidad son irresistibles.