LOS ROSTROS

Los rostros siempre han despertado en nosotros ansias, angustias y perturbaciones. Verlos, cuando su especificidad es penetrante, nos conturba tanto que en un primer momento queremos pasar de largo, para después regresar a su presencia e intentar descifrar aquellos rasgos en aras a distanciarnos de ellos lo máximo posible.

Este grafito, obra del pintor ibicenco y metafísico, o así me parece, Froilán León Orozco, tiene un formato de radiografía, ésa que nos desnuda y nos deja ver la osamenta abominable con la que hemos sido creados y hemos evolucionado. En este caso, sin llegar a tanto, se percibe esa intencionalidad, la de una visión interior que se impone a una realidad exterior.

Visión interior que modula unas facciones óseas, duras, alargadas, inhóspitas, carentes de gestos (no importa si son de hombre o de mujer), con unos ojos fijos que se te clavan en la mirada y la atraviesan. Y para que esa revelación sea más honda, la faz se configura inarmónicamente pero articulada como un todo, de tal forma que absorba la imperfección de nuestra propia naturaleza. Derecha e izquierda son como mapas con distintas coordenadas físicas, en unas las curvas tienen amplitud, en otras líneas rectas como tajos. Y esa extraña oreja con apariencia de insólita caracola.

No es cuestión de hablar de antecedentes, ni de observar afinidades o influencias. De lo que se trata es de admirar su misterio, de admirar la magia plástica que se contiene en un rostro que se ha sabido definir con la propiedad de lo que el arte requiere. Y también de esa sabiduría instintiva que hace salir de lo informe, de la nada, la verdad de nuestra propia condición.

Los rostros, desde la antigüedad, siempre nos han obsesionado porque es aquella parte del cuerpo humano que consideramos el centro de la vida y de ahí la infinidad de retratos y efigies que se han ido multiplicando. Y que seguirán porque todavía continúan siendo capaces de construir una realidad que el artista no dejará de utilizar. Pues bien, lo que hay que hacer es disfrutarlos y concederles un espacio en nuestra existencia.

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