GLÚTEOS

Volvemos a hallarnos en el malecón a la anochecida, aparcados como dos vencidos en busca de un farol convicto. De cara al mar unas ninfas morenas en cuyos glúteos nunca se pone el sol, celebraban la fiesta del viento y la desaparición del huracán. Nosotros imaginamos que eran metamorfosis que cegaban la retina.

Entonces fue cuando mi amigo Humberto me dijo que los poetas muertos eran insaciables y que a pesar de haber bebido su alma, no tenía la visión trazada para la continuación de una obra que ayudara a descubrir nuevas dimensiones de la realidad. Debía descubrir como fuese su ritmo interno, su misterio oculto, la luz invidente y la oscuridad sin sombra. Y hacer que sus habitantes vivan en la tela con hambre y sed de existencia.


En ese momento la botella de ron llamó a retreta y nos encaminamos de vuelta, con tal mala suerte que al chocar (¡Atrévete, Humberto Viñas, atrévete!) su mano derecha con una de esas pedregosas nalgas, se le quedó rígida.


Ahora, igual que le aconteció a su querido Renoir, tengo que apretarle los tubos de color en la paleta y atarle a la articulación de la mano un pincel que sostiene con un dedal y dirige con el brazo.


Pero no importa, nunca será tan buen pintor como a partir de hoy, en que ha descubierto la desesperación. Palabra de Eros.

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