Mes: febrero 2008

MADRID ART

Ayer por la mañana visité el Madrid Art en la Casa de Campo. Fueron más de tres horas que resultaron extenuantes y agotadoras, porque además, aunque la afluencia no era demasiada, nunca consigues el reposo necesario para que la mirada capte toda la intensidad de lo que se ofrece.


Los abstractos y los matéricos corrían unos en pos de otros tal si se tratase de una carrera de galgos. Ràfols-Casamada, Angel Haro, Carlos García Angulo, Feito (esa competiviva lid entre el negro y el rojo, nuestros colores emblemáticos), Tápies, Saura (éste es algo mucho más hondo), Antonio Suárez, Esteban Vicente, José Guerrero, Canogar, José Manuel Ciria, Josep Guinovart, Alberto Reguera, Uiso Alemany, Antonio Bujalance (todo un descubrimiento por esas maravillosas y prodigiosas vistas desde el espacio; una geografía que hace al vértigo atractivo), Viola, Rudy Lanjouw, etc.

Capítulo aparte merecen Miró, ya muy visto y frecuentado, Barjola, Clavé, Agustín Ubeda y Manolo Valdés.

De Barceló se exponía uno de los cuadros más grandes pero no de los más significativos de su obra. Creo que su precio rondaba los tres millones de euros.

El alemás Stefan Hoenerloh hacía una propuesta de geografía urbana ensimismada en su propia soledad y decrepitud que ensombrecía la visión. Juan Genovés incitaba a adentrarte en un mundo en perpetuo movimiento, sin destino fijo, que a modo de tesis planteaba como una respuesta con incógnita.

Y cómo no, Gordillo, Fernando Botero y Karel Appel, sin olvidarnos de Pedro Txillida y Bonifacio.

Pero al final debo dejar constancia de una obra que impregnó mi imaginario, tan poblado de memorias de ultratumba, como fue la del pintor portugués Antonio Macedo, alegoría del hombre que se retrata sí mismo en un cementerio de huesos. Sólo le faltaba la botella de ron y un malecón para para bañarlos.

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GLÚTEOS

Volvemos a hallarnos en el malecón a la anochecida, aparcados como dos vencidos en busca de un farol convicto. De cara al mar unas ninfas morenas en cuyos glúteos nunca se pone el sol, celebraban la fiesta del viento y la desaparición del huracán. Nosotros imaginamos que eran metamorfosis que cegaban la retina.

Entonces fue cuando mi amigo Humberto me dijo que los poetas muertos eran insaciables y que a pesar de haber bebido su alma, no tenía la visión trazada para la continuación de una obra que ayudara a descubrir nuevas dimensiones de la realidad. Debía descubrir como fuese su ritmo interno, su misterio oculto, la luz invidente y la oscuridad sin sombra. Y hacer que sus habitantes vivan en la tela con hambre y sed de existencia.


En ese momento la botella de ron llamó a retreta y nos encaminamos de vuelta, con tal mala suerte que al chocar (¡Atrévete, Humberto Viñas, atrévete!) su mano derecha con una de esas pedregosas nalgas, se le quedó rígida.


Ahora, igual que le aconteció a su querido Renoir, tengo que apretarle los tubos de color en la paleta y atarle a la articulación de la mano un pincel que sostiene con un dedal y dirige con el brazo.


Pero no importa, nunca será tan buen pintor como a partir de hoy, en que ha descubierto la desesperación. Palabra de Eros.

NADA

Desde la sombra del pequeño taller de mi amigo Humberto en Miramar espiábamos con cien ojos negros la penumbra. Pero ya era inútil, la luz se había vuelto a despertar y engalanaba a las mestizas de ébano con el color de la vida hecha danza.

Bajamos hasta el malecón y allí, entre sorbo y sorbo de ron blanco, desnúdabamos los demonios a caballo que se esconden en toda liturgia plástica. Y pensábamos que ya sólo quedaban osamentas, las que se van depositando en un suelo vivo que quiere salir del agobio, pintar otros moradores, trazar infinitas casas y colorear renovados barcos, y gozar en libertad del amor salvado.

Pero agotado el día, el malecón volvió a apagarse y nosotros desandamos el camino cabizbajos y en silencio, ya ebrios de debatir como pintar la nada.

¿Qué te hace sufrir, solitario,
pálido, desolado vagabundo?
Junto al lago se marchita el junco,
y el pájaro no canta.

Keats.

VEJEZ

El artista, a lo largo de su trayectoria, emprende múltiples experiencias estéticas, innumerables ciclos, diversos inicios y heterogéneos finales, hasta alcanzar esa edad en que la decadencia física va dejando una lacerante huella en el imaginario plástico. Piensa que a él, hacedor de vidas plásticas, nunca le pasará.

Vejez y fealdad, vejez y declive, vejez y decrepitud, vejez y enfermedad, vejez y muerte. Constituyen los binomios decisivos de una existencia.

La Edad Media desdeñaba la decadencia humana, el Renacimiento exaltaba la juventud y belleza del cuerpo y juzgaba abominable la deformidad de los viejos.


Du Bellay escribió:

Señora vejez
No me ha dejado más que piedra en los riñones,
Gota en los pies y verrugas en las manos.


Destino biológico inapelable, la vejez, en un creador, es esa angustia por lo que todavía está por hacer, por dar a luz, por culminar la forma definitiva. Incrementa desesperadamente el ansia por dar fin a una obra que él mismo sabe que nunca se va a terminar.


Swift manifestaba que la vejez, además de decrepitud, es la soledad del exilio.


Y en el siglo XIX, Lamennais se preguntaba: ¿qué es un viejo? Un sepulcro andante.


Y en “Fin de partida”, Beckett fustiga nuestra impotencia ante la degradación final.


Simone de Beauvoir confiesa; “la vejez es un destino, y cuando se apodera de nuestra propia vida nos deja estupefactos”.

Y, por otro lado, el psicoanalista Martín Grotjhan señala que nuestro inconsciente ignora la vejez, mantiene la ilusión de una eterna juventud.

Al final, mi amigo Humberto y yo nos asomamos al malecón habanero en una noche de llanto y nos conjuramos para escapar de ese destino aciago, dejando que nuestros cuerpos se sumerjan en un mar que todavía baña de infinita belleza las arenas de nuestra piel.