Mes: febrero 2008

A LA VERA DEL MALECÓN

Me encuentro con mi amigo Humberto en una Habana tórrida y llena de mar, por la que transitamos hasta llegar a un malecón contrito pero lleno de bellezas prietas con baile en la mirada.

En un momento determinado él me dice que se ve como Diego de Torres Villarroel tal como se retrata en su libro “Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras”:

“A mi parecer soy medianamente loco, algo libre y un poco burlón, un mucho holgazán, un si no es presumido y perdulario incorregible, porque siempre he conservado un aborrecimiento espantoso a los intereses, honras, aplausos, pretensiones, puestos , ceremonias y zalamerías del mundo”.

Después de esta imprevista declaración narcisista -muy propia de los artistas, que tienen que cargar con ella si quieren seguir siéndolo- trae a colación lo que verdaderamente le preocupa, que es el objeto de su propia vida, y que Paul Valéry describió en su día:

“El artista reúne, acumula y compone “in a material medium” un número de deseos, intenciones y condiciones recibidas por todas partes: en su mente y en su ser. Ora piensa en su modelo; ora en sus colores, sus esencias, sus tonos; ora en la carne misma; ora en la tela que absorbe su pintura. Pero todas estas atenciones independientes están, por necesidad, unidas en el acto de pintar, y todos esos distintos momentos -dispersos, recapturados, proseguidos, quedados en suspenso, perdidos otra vez- forman un cuadro en sus manos”.

Estas palabras reflejan casi fielmente el proceso de la creación, el alumbramiento de lo que nuestros ojos hasta ese instante no encontraban y que posteriormente verán con gran pasmo y sorpresa.

Pero Humberto, aterido de angustia, me explicaba que todavía estaba en el trance de agarrar ese instante, pues ya era mucha la holganza que le provocaba tanto ébano y poca la que de verdad le nutría. Pues eso pienso yo también y tengo al malecón por testigo.

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JOAN PONÇ

Hace unos días recibí un mensaje del artista ibicenco, Froilán León Orozco, al que le agradezco este recuerdo, en el que hacía referencia a Joan Ponç, el pintor surrealista catalán.

Con motivo de esta evocación, reparé en el injusto olvido en que había caído, tanto él como Aurelio Suárez, el otro gran surrealista asturiano.

Ponç fue un artista de refinada elegancia, que en lugar de tratar de asombrarnos con esas ciclópeas y fantasmales iconografías, nos seducía con fantasmágoricas semblanzas e imágenes de signos y seres que se nos parecían pero que no lo eran, de animales que también querían serlo pero tampoco lo eran, de esos retratos y rostros en los que teníamos que reconocernos y que muy al final lo hacíamos pero partiendo de otro horizonte visual.

Elaboraba un lenguaje muy personal lleno de poesía, de hallazgos e invenciones en que la fantasía del subconsciente alcanzaba todo su esplendor y nos comunicaba toda su carga de melancolía y de soledad transmutada en una senda fabulosa.

El color, siempre en tonos espectrales que diesen mayor exaltación a lo emotivo y maravilloso, se fusiona a la perfección con las formas para cerrar un espacio lleno, sin fisuras, sin vacíos, y en el que desde cualquier ángulo se sitúan los puntos de interés de captación de la mirada.

Ponç ya ha desaparecido pero sigue y seguirá deslumbrándonos, nunca mejor dicho.

LO NEGRO

El color negro ha sido siempre la sombra espiritual por la que circula nuestra idiosincrasia, la forma de concebir el español nuestra fortuna y nuestra visión como destino. Así lo he percibido desde que tuve uso de razón y así me ha escoltado permanentemente, tiñendo todas mis percepciones. Y tal hecho los pintores españoles han sabido captarlo hasta elevarlo a su máxima expresión.
El maestro sufí del siglo XX, Hazrat Inayat Khan, decía que el sufí estudia la oscuridad para comprender la luz y Bill Viola nos explica que según la teoría tradicional persa del sufismo islámico, el color negro era el color supremo, superior al blanco en su importancia fundamental. Y es entonces cuando este artista americano advierte que el negro significa el color de la pupila del ojo, la ventana del alma, la pantalla de proyección en la que se manifiestan todas las imágenes. Y añade que el negro es el color del ojo cerrado cuando se enfrenta a la realidad cegadora de lo absoluto.
Es ese negro del que habla San Juan de la Cruz en su noche oscura del alma, el negro de los pintores barrocos especialmente Zurbarán, Sánchez Cotán. Y Goya. Es ese color negro que llega hasta hoy con Saura, Millares, Tápies, Antoñito López, etc.
En esa pretensión de lo absoluto, muy propia de nosotros, radica quizás ese maridaje con lo negro, con lo sombrío, con esa exaltación de la muerte que a cada instante nos acomete, con ese sometimiento a lo efímero como una zona de paso desoladora, vacía, más cuando la implantación voraz de lo global nos arrebata los más propio de nuestra individualidad.
El artista, a través de lo oscuro, ve, y así nos lo manifiesta. Pero es inútil, lo más normal es que sigamos ciegos.

LA FILOSOFIA DEL DESTINO

Hoy, en mi momento de mi comida en soledad en donde el asado es el mejor bodegón comestible, reflexionaba sobre la concisión del tiempo cuando la resta es mayor que la suma. Bien es verdad que eso no menguaba mi deleite gastronómico, al contrario lo acentuaba, pues soy consciente de un tiempo que ya es una presencia que se siente de forma determinante. Por lo tanto, hemos de aprovecharlo. No hay trascendencia en ello, es un simple hecho empírico que nos deja desarmados. La ontología siempre pierde ante una realidad que se impone por sí misma. Platón no quería verla y los que vinieron después, por desesperación, tampoco. Allá ellos.

Por eso siento esa pérdida en lo que me insatisface y me enerva, en lo que me deja inerme ante mi curiosidad, ante la experiencia que puedo ir atesorando con mi incursión en los terrenos artísticos.

Mi amigo Humberto, pintor habanero del malecón, que me permite utilizarlo como interlocutor de los viajes hacia la conciencia de lo que es el quehacer artístico, siempre es un eterno -ya quisiera él- buceador de lo que es o puede ser un universo estético en el que se fusionen pasado, presente y futuro. La utopía de lo imposible que alguna vez será posible. Está bien hablar de ello mientras el ron nos acompañe y una mulata de cuerpo vartiginoso se pasee delante de nuestras inodoras narices.

Y Luis, mi amigo dueño del Pote de Cobeña, refugio de hambrientos soñolientos y conversadores de barra cenicientos, y al que después me arrimé, me explica que el arte contempóraneo no lo ve, no lo percibe, queda lejos de su iconografría óptica y de su realidad vital. Siempre quedará Velázquez, vive Dios.

Y al final, por lo que respecta a lo que es el quehacer artístico predominante ahora, siempre nos perseguirá esa fatalidad maldita del elitismo, de la minoría, de la selección. Y no sabemos como romper ese nudo gordiano. Y es difícil que eso cambie. Pero hay que seguir intentándolo.