Mes: marzo 2008

EDAD OSCURA

Me levanté a media mañana para saludar el fin de la edad oscura o el comienzo de otra, nunca sé, en realidad, cuando amanece una o muere la siguiente.

Mi amigo Humberto, más manco, cojo y encanallado que nunca, había dado a luz una obra en que hieráticos seres masculinos y femeninos resplandecientes moraban y copulaban en una esfera flotante que condenaba a la sombra al malecón.

Me confesó que era su ofrenda a las reinas menores prietas de Guanabacó que merced a sus ceremonias invocadoras habían conseguido que recobrara la fertilidad.

Ahora estaba de nuevo fecundo y podía trasegar un sinfín de formas y luces, escorzos y perspectivas, líneas y manchas, hasta culminar creaciones que evocaban a Polignoto, Zeuxis y Apeles. ¿Estarían sus espíritus griegos bañándose en el Caribe? Si así fuese, bienvenidos sean, mayor tumulto para una bacanal artística que tiene que ser eterna.

Al pasear, al final del día, por el malecón, nos tropezamos con esa criatura pintada por Nelson Domínguez, que nos saludó y nos invitó a fecundarla (¿también ella?). Disimulamos como pudimos nuestro espanto y le susurramos con palabras roncas que no podíamos, que nuestro semen ya no frecuentaba sendas desde que una vez que se asomó quedó solo y sin destino. El ron le sustituyó como único alimento que nutre el trazo de la pasión de nuestro infortunio.

AUTORRETRATO DE ARTISTA

Juan Guillermo Garcés Sigas, pintor cubano afincado en España, necesitó este autorretrato para meditar en sí mismo, en la dimensión que un artista ha de adquirir para hacerse como tal.

Y por consiguiente, pinta el momento en que esa reflexión genera la energía y la tensión necesarias, mediante las cuales se describe el silencio y la hondura de una introspección. De ahí se derivó una realidad plástica con la que fisonomizar la lejanía adecuada para la observación de su existencia.

Inevitablemente, es su propósito, asimismo, que nuestra mirada sea su cómplice y se fusione con la totalidad de sí mismo en el instante en que crea su propia efigie en soledad y que también con él participe de ese debate entre el ser y la nada.

Mi amigo Humberto, fiel instigador de sones marchitos, me cuenta, entre ventolera y ventolera sin ron que la trajine, que ya no hay biografías que pintar, sólo entierros, y de esos ni se acuerda.

Fijamos nuestra vista en el mar apalancado en el malecón,que está calmado hoy porque no hay hembras tintas que lo besen, y nos dejamos ir con la mudez a cuestas.

PESADILLA

La luna llena desata una sangría de furia a lo largo del malecón.

Una turba de bacantes mestizas perseguidas por sátiros y faunos con patas y colas de cabra, poseídas por un espíritu dionisiaco caribeño, ejecutan una danza frenética mientras amamantan a unas barracudas sedientas que se habían asomado al muro.

Mi amigo Humberto y yo, atónitos, quietos, sumidos en un silencio y pavor que cabalgaban por nuestros huesos, veíamos tal bacanal con ojos visionarios con los que materializar, pasada la alucinación sin ser devorados por ella, este prodigio.

Pues si perduraba el encantamiento, perduraría también el hechizo de la mano del pintor, la seguridad del trazo, la profundidad de la línea, la irradiación del color, el modelado de la forma, la organización del espacio, la sincronía de la perspectiva, la sinuosidad del proceso de construcción, la sabiduría de lo que se desoculta.

Nos despertamos y emprendimos el rumbo por el callejón del olvido, habiendo perdido a Dionysos Baco por el camino, preguntándonos al final por qué únicamente nos quedó de esta saturnal una sola figura que semejaba nuestra propia imagen entrevista en una pesadilla. ¿Monstruos del ron o de la razón?

MODIGLIANI

Fue el Romanticismo el que abrió la puerta al espectador para la interpretación por sí mismo de la obra de arte. El significado íntimo que ella le procuraba tenía tanta legitimación como el que procedía de la fuente institucional o del precepto académico.

Yo me he arrogado y he hecho uso siempre de esta facultad individual que como humano me autoriza a ver y glosar, descifrar y deducir, o simplemente contemplar, sentir y percibir.

Por ello, al mirar la obra de Modigliani, que se está exponiendo en Madrid actualmente, se graba en mí la convulsión de tocar lo inaprensible, pues esos cuerpos femeninos desnudos son pura ficción, pero cuando los veo deseo palpar su resurrección.

Entablas con ellos una lucha de imposibles, intentas que los pequeños rasgos de sus rostros se dirijan solamente a ti, que su carne -cuyo color la hace todo un hemisferio de sensualidad- te apriete apasionadamente.

Mi amigo Humberto y yo lo hablamos recostados en un recodo del malecón, y, entre trago y trago, convinimos en admitir lo que escribió Víctor Hugo:

“Todos los sistemas son falsos, sólo el genio es verdadero”.

Ya en el taller, esperábamos que los pinceles y la espátula hubiesen hecho su trabajo, para eso mi amigo les había visualizado previamente unas arquitecturas de viento, pero todo fue inútil, se niegan a realizarlo, argumentan que el ron que les ofrecemos no es suficiente. ¿Cuándo lo será?

ORLANDO BOFFILL

Orlando Boffill es otro gran artista cubano, autor de esta enigmática obra, que entre salitres y brisas airadas consuma una odisea plástica plena de claves y rincones recónditos.

Sus lienzos tienen la magia de lo circense, de un espacio poblado como una carpa en la que distintos seres y entes apareciesen de incógnito y nos trasladasen a otras vivencias, a otras inmensidades en donde nuestra imaginación bucease en la irrealidad de lo real.

Y en ese vínculo de abstracciones y formulaciones plásticas con lo contorsionista y lo equilibrista, radica también un aura infantil que conjuga juego y juguete, fusión de misterio y aprendizaje de lo estético.

Y a través de esa práctica estética se vislumbra rastros de esa iconografía de lo egipcio, de lo asirio, esos bajorrelieves que estructuran la majestad estática de lo que se representa y de los jeroglíficos que los sustentan, con la salvedad de que Orlando les imprime la cercanía de lo visible bajo patrones coetáneos a una realidad que nunca deja de asombrar.

Mientras este pintor continúe con su trabajo, lo cifrado del mismo estará ahí para poder descubrirlo -algo que se me antoja imposible- y contemplarlo con la mirada lenta que siempre está exigiendo.

En fin, en esta noche isleña de cánticos para algunos e insomnio para todos, mi amigo Humberto y yo celebramos que haya otro habitante con nosotros que sufrague esta penumbra que sólo deja ver, cuando quiere, una parte de lo invisible. La otra parte la mantiene expuesta a la luz pero no se puede ver porque seguimos ciegos.

FLOR DE FANGO

Me he levantado al oscurecer con la belleza de “Flor de Fango” importunándome la retina.

Me fijo una vez más en esa representación de la mujer cautiva cuyo fatal destino es sobrevivir siempre que siga cautivando, que continúe seduciendo. ¿No es esa la razón por la que la mantengo colgada?

No tiene origen ni se llegará a conocer su fin. Únicamente esta imagen dejará un rastro de que existió y de lo que fue. ¿Pero de qué le habrá servido?

Nuestra memoria no la echará de menos aunque pienso que nuestra mirada, sin ser conscientes de ello, se quedará un poco más vacía sin ella.

Incluso en esta ficción de futuro de la que no queremos escapar -es el engaño que más ansiamos merecer-, hasta dejará de ser víctima, se convertirá en mero desdén.

Pero yo persistiré en conservarla para que persiga mis fantasmas diurnos y me castigue por mis incontinencias nocturnas -¿es ésa una de las funciones de la pintura?-. De tenerla ausente se consumarán las ruinas de un edificio que está ya amenazado de ellas.

Mi amigo Humberto me encuentra en el malecón y se lamenta de que ya ha pasado el domingo de ramos, mas yo le espeté: no te soliviantes, todavía nos quedan los domingos de tragos. Y a eso vamos.

ESPACIOS

El día amaneció pálido y quizás por eso me haya venido a la mano la angustia de una escritura que sólo pueda dejar silencio en el papel.

Tampoco tengo la mirada iluminada ni expectante en busca de rincones donde se produzca un fenómeno que nos invite a compartir o una experiencia que nos convoque a festejar.

La materia nos ha ofrendado prodigios que hoy nos niega, y únicamente Wifredo Lam, que ya se ha ido, era el que los extraía de las grutas invisibles en las que se guarecían los cimarrones africanos para celebrar cultos que los devolviesen a sus tierras.

Y también nuestros espacios ficticios, para mi amigo Humberto y para mí, se han estrechado tanto que tendremos que aprender a volar para hacerlos más vastos. Las gaviotas del malecón han querido ayudarnos pero era tal el vértigo cuando nos elevábamos que al ver los fondos leprosos decidimos posponer el viaje hasta definir otros rumbos más cálidos.

De esta breve incursión inferimos que la patera era más segura y que ahora, mi amigo Humberto, podría sopesar lo que era una obra de arte y yo estaría en disposición de pintar con su mano buena la botella de ron que nos faltaba, tal era nuestra desesperación sin ella.

Y es que el espacio necesita un principio aunque empiece por el fin.

MANUEL MENDIVE

Cuando hoy nos acercamos al malecón mi amigo Humberto y yo, percibimos un fragor inusual en momentos como los de ahora, que siempre están atravesados por ecos de murmullos clandestinos.

Y nuestra sorpresa fue mayúscula cuando de buena a primeras nos tropezamos con esos oriundos de las profundidades caribeñas que sabíamos que pululaban por los rincones pétreos de la escollera habanera, pero nunca se habían dejado ver.

Únicamente el pintor cubano Manuel Mendive había llegado a atisbarlos, a establecer con ellos un lenguaje que los mostrase como los pobladores ancestrales y milenarios de la isla. Él supo comprenderlos y descubrir su mundo secreto, de cuya revelación en refulgentes imágenes nos ha hecho depositarios.

¿O habría sido mejor dejarlos ocultos para inspirar con ello la fantasía de los que les sucedieron y habitan desde entonces el malecón con la infinita esperanza de ser ellos también pobladores de ese mundo?

Cuando nos vieron a mi amigo Humberto y a mí desaparecieron, al parecer no estábamos investidos de luz sino de penumbra, y eso los hacía sospechar de nuestra entraña insatisfecha.

Entristecidos, bebimos ron impuro hasta el alba, confiando en que la próxima ocasión se acercarían y nos murmurarían como pintar lo que está más allá de esta realidad que nosotros encarcelamos.

DESTINO DE LA PINTURA

Son muchos los siglos en los que la pintura ha sido un permanente signo de referencia, formando parte de nuestra identidad, mejor dicho, de una manera muy concreta de expresarla.
Sus desarrollos y continuas mutaciones han sido los espejos de sociedades y civilizaciones, y nunca, con mejor o peor fortuna, le han faltado intérpretes, aunque ha sido el siglo XX el que con su imparable aceleración ha concebido transformaciones sucesivas que se devoraban unas a otras.
Ahora, en la situación actual, parece que entramos en un periodo en el que cada día se formulan nuevas tesis y teorías, cada cual más sofisticada, tecnócrática y hermética, donde los perfomances e instalaciones fugaces sustituyen los iconos históricos que han nacido siempre con una vocación de permanencia visible, no efímera. Y ahí están los museos para corroborarlo.
Pues bien, habrá que empezar otra vez, habrá que ir al origen y buscar formas y dimensiones que se encuentren todavía ocultas y se mantengan secretas, y permitan la genuina recuperación de la pintura tal como se ha entendido que debe ser. Si es un arte de la luz, como dice Félix de Azúa, hagamos que lo sea.
Simplemente hemos de pedirle que sea la marca visible que acune la soledad de una humanidad vencida. Y la acune lo más cercana posible, casi a nuestro lado. ¿No es mejor que esté en todas partes si denota lo que es propio e intrínseco a ella?
La nocturnidad en el malecón no dejaba ver pero presentías que era la ocasión para las barracudas de acercarse a comprobar que aún la mudanza no batía el mar y los desechos seguían sin tener un contenido que mascar.
Arriba, mi amigo Humberto en su taller, probaba por enésima vez el modo de pintar sin estar presente, sólo la metáfora de un vaso de ron reemplazándole. Fue inútil, no ha llegado todavía el momento de descubrir el misterio de tal innovación, ni siquiera estando en persona en la imaginación.