Mes: mayo 2008

LA NATURALEZA HUMANA

La pintora Acqua tiene una visión poderosa para hacer efectivo plásticamente el imaginario de una naturaleza humana encapsulada, encerrada, aprisionada en su propia fragilidad, decrepitud, vulnerabilidad, en definitiva, en una mortalidad torturada que sufre por serlo y no poder dejar de serlo.

Y sin embargo, es cierto que un día nos vemos convertidos, por estímulos narcisistas y vanidosos, en máscaras triunfadoras y el siguiente en el reflejo arisco de un ocaso que se hace interminable.

Pero ese balance siempre tiene un resultado nefasto: son muchos más los que pierden que los que ganan, y éstos sí que son conscientes de que esas victorias dejan un rastro excesivo: la fagocitación de miles en un presidio infernal.

También es cierto que cada vez más nos acostumbramos a la destrucción, la desgracia, la ruina y el exterminio, pues es ya un espectáculo de la imagen que como espectadores contemplamos de forma descarnada y hasta morbosa, ignorantes de que tanto ellos como nosotros estamos condenados igualmente.

Mi amigo Humberto y yo, depositados en el malecón con la botella de ron, bosquejamos con una voz muerta una senda que debía atravesar el hemisferio y que nos depararía en su desembocadura una eternidad de bufones afónicos que pintarían en y acerca del aire. Luego, en lo tocante a esos lienzos, una vez contemplados, habría de adivinarse su significado y el que lo acertase tendría el premio de volver a ser mortal. Humberto y yo fuimos y seguimos siendo incapaces de conseguirlo, por lo que aquí continuamos y lo que es peor sin la ayuda del ron que nos ayude a desentrañar este miserable delirio que nosotros mismos hemos creado. Y sin diosas mestizas que bailen rumbas cubiertas del baja-y-chupa.

JAVIER OLAYO

Hay pintores que tienen una intuición pasmosa para definir un vocabulario visual, una gran facilidad para captar el alfabeto plástico que nos conducirá a orografías tan desconocidas como esplendorosas. Javier Olayo, pintor madrileño, es uno de ellos.

Nos asombra con esa capacidad, que está más allá de un virtuosismo técnico evidente, para vislumbrar hallazgos en la materia de un colorido que exprime hasta hacerlo hablar y expresar sus más íntimos pensamientos.

  • La superficie roturada, que hechiza la mirada, nos atrae a demarcaciones de elevado volumen cromático por donde se pasean nuestros ojos cargados de ensoñaciones que creíamos inexistentes y que necesitamos con el fin de hacer más ética y estética nuestra dinámica existencial.
  • Y además se puede comprobar, si se visita su exposición en la galería Sokoa este mismo mes de Mayo de 2.008, que fantasmales apariciones de cuerpos, seres, rostros, figuras, estampas urbanas, etc., en ese magma del que no pueden escapar, ofrecen un ámbito en el que se condensa la cara y el reverso de un imaginario en permanente acción y en constante búsqueda de una cosmovisión que nos dé luz entre tanta tiniebla.
  • Mi amigo Humberto y yo tratamos de adentrarnos en este marco pictórico de Olayo y de eternizarnos allí como los únicos habitantes de un malecón habanero pecador y licencioso. Pero ya era tarde para prodigios que no conciben ni acogen a mancos y cojos en perpetuo lamento de tener que pintar senos oscuros con un miserable candil.

GEORGES ROUAULT

  • Georges Rouault es un pintor que pese a sus profundas convicciones religiosas y compasivas, volcó toda su desesperación en una obra que plásticamente concita emociones muy intensas y hasta contradictorias.

    Es un magistral retratista de cuerpos sucios y carnes feas, cochambrosas, hechas para la podredumbre en vida. Percibimos esa turbiedad cromática, sórdida, esos tonos grasientos, esas pieles mugrientas, y nos preguntamos en qué medida son nuestro reflejo metafórico y en qué escala nuestro espejo real.

    Este artista nos ha confinado a vernos desde ópticas a las que no queremos acostumbrarnos o deseamos olvidar o simplemente no contemplar. En la intimidad que exigen cuadros como éstos se nos revela una encarnación visual que no nos abandona, que inevitablemente tomaremos como referencia en las calles y ciudades que recorremos, en la tierra que pisamos, incluso en las prostitutas que visitamos.

    Mi amigo Humberto y yo no somos tan torpes que en esos cuerpos no atisbemos una parte de nosotros mismos, por eso dejamos siempre que la otra se ancle en el malecón, pues en éste la negritud es tan grande que no nos permite divisarla.

GIORGIO DE CHIRICO (II)

Regresamos de nuevo con Giorgio de Chirico y sus Memorias, que no diría que son tales, sino un penoso memorial de agravios sobre la base de un personalidad que no ocultaba su marcado corte narcisista y que se consideraba por encima del talante de su época, tal como revelan las siguientes frases:

“….que hicieron de mí un hombre excepcional, que siente y entiende todo cien veces más intensamente que los demás”.

“Porque también entonces, como hoy, yo era el mejor y el más inteligente de todos”.

“Aunque para ello es necesario tener la fortuna de poseer las excepcionales facultades que yo poseo”.

“….no se le podía escapar a un observador agudo, como soy yo”.

“Además, para tener realmente el derecho de hablar como yo, hace falta, fundamentalmente, ser un pintor de gran altura y haber podido pintar cuadros como sólo yo he conseguido hacer en esta primera mitad de siglo”.

“Porque sé que, además de ser un gran pintor y un gran hombre, también tengo una misión que cumplir”.

“Este avanzar cadencioso de mi maestría como pintor y de mis altas cualidades de hombre superiormente intelectual”.

“Además de mi excepcional inteligencia en lo que se refiere a la verdadera pintura, mi extrapoderosa personalidad, mi valor y mi ardiente necesidad de verdad”.

Apabullantes las tales manifestaciones así como innecesarias y hasta patéticas, y que subrayan el desacuerdo entre el poder de la creación y la condición del temperamento, una falta de sintonía que puede hacer peligrar ese entramado tan sutil de inteligencia, imaginación y técnica, pero que en este caso no se produjo en la etapa más eminente de su obra. Demos las gracias por ello pues de lo contrario ahora estaríamos algo huérfanos.

Las indígenas sureñas reclaman su potestad sobre el malecón, alegando que tal concesión se remontaba a los tiempos en que Bartolomé Colón se abarraganó con su antepasada la gran cacique de La Española y bailaban desnudas con sus guirnaldas de flores para celebrar tan venturoso idilio. Mi amigo Humberto y yo, desconcertados todavía por la insania de De Chirico, únicamente nos dio a tiempo a salir de estampida, cojos y mancos, ante la fuerza arrolladora de una huestes con imperiosas ganas de trasegar sangre blanca. Llevan siglos insatisfechas y frustradas por no poder probarla. Pues por esta vez no podrá ser y tendrán que esperar por la nuestra hasta otro día.

Lo peor de todo es que nos olvidamos del ron, nefasto y premonitorio signo de nuestra futura rendición.

GIORGIO DE CHIRICO (I)

En “Memorias de mi vida”, Giorgio de Chirico nos ofrece la imagen de un artista y hombre atribulado y obsesionado por supuestas envidias, odios, desprecios y enconos. Y él, sumido en un profundo resentimiento desde mediados de los años veinte del siglo pasado, execra a los pintores y artistas de su tiempo con una inquina inusitada, tal como se recoge en estas citas:

“Y no tenía nada de pintor muerto de hambre, de genio pálido, tipo Modigliani, que en una buhardilla helada sufre por perseguir su sublime ideal, soñando con la obra maestra que le traerá fama y dinero y que, a menudo, es un formidable “costrón”, como lo son las figuras y los retratos de Modigliani, llamado por los “esnobones” Modí”.

“Ciertos pintores modernos, ya adultos y algunos ya viejos, cuando quieren pintar fruta y otras cosas, no consiguen más que bribonadas que parecen estiércol de cuadrúpedos, o lava enfriada o barro seco”.

“Los surrealistas, campeones entre los campeones de la imbecilidad moderna”.

“Cuando se trata de “hinchar” a pseudogenios como Cézanne o Van Gogh…”

“No tenía nada que ver con los pintores actuales, con los “los modernos”, que sólo tienen un defecto, pero grande: son cualquier cosa menos pintores”.

“Al poco tiempo de llegar a París, encontré una fuerte oposición por parte de aquel grupo de degenerados, de canallas, de hijos de papá, de holgazanes, de onanistas y de abúlicos que, pomposamente, se habían autobautizado como surrealistas y hablaban hasta de “revolución surrealista” y de “movimiento surrealista”. Este grupo de individuos poco recomendables estaban capitaneados por un sedicente poeta que respondía al nombre de André Breton, que tenía como ayudante de campo a otro seudopoeta llamado Paul Eluard, que era un muchachote palido y banal, con la nariz torcida y una cara con algo de onanista y algo de cretino místico. André Breton, además, era el tipo clásico de asno pretencioso y de arribista impotente”.

“Empezaron a redoblar sus tambores alrededor de los cuadros de ese melancólico seudopintor que responde al nombre de Salvador Dalí, que después de haber initado a Picasso, se había puesto a imitar mis cuadros metafísicos, de los que no entendía nada y realmente nada podía comprender un tipo como él. Este Salvador Dalí es un antipintor por excelencia, incluso por su cara e incluso por su nombre”.

“Los ridículos Cézanne de siempre, los Matisse mal dibujados y sin forma de siempre, los Braque planos y falsamente decorativos de siempre, etc., algún buen Picasso, algún buen Renoir y algún buen Derain”.

Solamente salvó de este apocalipsis a los siguientes pintores: Romano Gazzera, Kanzikis, Picasso, Derain, De Pisis, Annigoni, Sciltian, Aldo Carpi y los hermanos Bueno.

Mi amigo Humberto y yo estábamos anonadados por la magnitud de unos testimonios desproporcionados, nada serenos, impropios de un artista de tamaña categoría. No nos queda otra opción que seguir ampliando esta semblanza hasta captar una mínima parte del carácter de este personaje, clave en la pintura de su tiempo, y considerado por muchos un auténtico pionero de las vanguardias históricas.

Intentamos cerrar nuestros oídos a las voces del malecón, tan insidiosas unas y seductoras otras, que en estas largas horas de la noche entonan ritmos yorubas que nutren el rito de la virgen mulata desposada con el mar antillano. Nosotros, mancos y cojitrancos, escapamos de una ceremonia que podía dejarnos también tuertos y sin paladar, y entonces ¿para qué nos serviría el ron?

CRUZ GASTELUMENDI

La Santa Compaña, hasta ahora en tierras gallegas, ha reaparecido en Perú gracias a este joven artista de allí, Pablo Cruz Gastelumendi, que con un dibujo que reivindica la perfección fría, glacial, de un mundo onírico mediante una escenografía escalofriante, nos conduce a integrarnos en esa procesión de almas en pena que desde el reino de la sombras forman un entorno fantasmal que ciega nuestra vista pero contempla nuestra mirada.
La atmósfera, recreada por ese claroscuro tenebroso que inunda toda la superficie y que la hace más penetrante, consigue que la comitiva, con sus espectros, perfile una coreografía de premoniciones de muerte, de abismos sumidos en la crueldad, el desconsuelo, la fealdad y el horror.

Pero al mismo tiempo, de esa representación emanan sentimientos de un patetismo y una compasión inevitables hacia unos espíritus condenados a vagar eternamente, ya que no son acreedores de ninguna salvación ni de ninguna redención.

El artista, dotado de grandes recursos estilísticos y de una gran habilidad en su uso, ha ido más allá de lo que cabría suponer, tanto es así que él mismo se habrá visto sorprendido por el impacto de una obra que es producto de un delirio: el de traer a nuestra mirada lo que nunca debería haber salido a la luz.

Mi amigo Humberto y yo, ánimas en cortejo por un malecón nocturno plagado de aparecidos como nosotros, caminamos con dos cirios encendidos que iluminen a los espíritus que nos escoltan, pues son tan negros que no podemos verlos hasta que trasegamos unas buenas dosis de caña letal. Sólo entonces advertimos que la muerte es mestiza y sus labios matan.