KUPKA

Frantisek Kupka llegó a París desde la entonces Checoslovaquia inmerso en visiones en las que la abstracción exigía ser ella misma a partir de un núcleo que la regenerase de toda impureza.

Ese volcán toma forma y consistencia, expulsa radiaciones de color que se van expandiendo en movimientos circulares y dinámicos, ingrávidos y etéreos, en hileras de humo y fuego que se nos acercan.

Recrea un clima que parece que nos va a succionar e introducir en un ámbito de energía cósmica, en el que podemos dejar que nuestra mirada flote y se diluya en estratos de luz inagotable.

Kupka fue un precursor injustamente olvidado al que un día habría que hacer justicia, si es que este concepto cabe en unas latitudes de epidermis tan voluble e ingrata.

Sigo siendo un vagabundo solitario en este infiel malecón que hoy me cuenta una fábula y mañana me abruma con su desidia.

Y de tan solitario me he hecho invisible, pues ni las nereidas mestizas me incitan con su desaire ni las sirenas pardas me dedican su canto. Menos mal que el ron alivia la penumbra de un insomnio que nunca cesa.

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