Mes: noviembre 2008

FRANZ KLINE / ¿QUÉ ES?

Decía Schopenhauer que hay una “x” desconocida que se esconde por detrás de todo y que constituye nuestro propio ser.

En los grandes formatos en blanco y negro del estadounidense Franz Kline hay múltiples “x” para especular con ellas, pero el ser se confiere a sí mismo la naturaleza de monstruo, de insecto gigante que devora impurezas, gestos, designios, incluso destinos.

Fuerzas que entrechocan en lo oscuro fertilizan lo blanco para cargarse de energía y de fuerza, necesitan un espacio neutro para que las tinieblas que se agarran en la superficie controlen el caos y la rabia que se derraman cuando la luz se apaga.

Blanco y negro, el emblema siempre de un presente que no necesita ni futuro ni pasado. Presente que es presagio de tumba del ser, desde la que nace cada día otra forma viva que festejar al alba antes de ser engullida por la oscuridad devota.

Mi amigo Humberto y yo vamos hoy de visitas, son compromisos ineludibles que jalonan nuestro sino de vagabundos de un tiempo al que queremos darle estilo. Primero fueron los Hermanos de Serapion, después la Sociedad de los Abejorros, luego la liga de los Filartas, los cuales pretendían despertar el alma de su sueño, y por último, la Asociación de Disputas para el Tratamiento de Cuestiones Pendientes. Quedamos agotados y sin una gota de ron. La mala ventura nos sigue persiguiendo. Vamos a esperar en la penumbra a que pase de largo.

FRIDA KAHLO

Frida Kahlo, la desaparecida artista mejicana, tomaba de cada uno de sus autorretratos un instante de sosiego, un fragmento del tiempo que ya no tenía para calmar la agonía que la consumía.
La angustia de la espera queda reflejada en ese mundo estético que abarca de forma turbulenta historia y vida, arte y pueblo, sufrimiento y creencias.
Con una visión portentosa y mágica, transporta la dimensión plástica a líneas de expresión vírgenes, no holladas todavía, en que la vigorosa contextura pictórica afluye en toda su intensidad y no transige con el rechazo o la huida de nuestra mirada.
No podemos ignorar que es la portadora de un universo donde lo onírico,lo vital y lo real hablan, entre lamentos, de objetos evocadores, símbolos, paisajes, animales vivos y muertos, y que lo pintado tiene la cualidad de un designio que se contempla en el enigma que asoma en los ojos de la artista.
Mi amigo Humberto recorre incansable todo Miramar, llega al malecón y al primero que encuentra le pregunta la razón de que nadie le dé respuestas a sus preguntas. El mulato interpelado, ojeroso y zumbón, le contesta que no es tiempo de dudas sino de ir en caravana de leprosos con los pies descalzos.

DANIEL CLAVER HERRERA

Otro año más la Feria de Arte Independiente de Madrid y una vez más el artista y taumaturgo valenciano Daniel Claver Herrera, ofreciéndonos el soplo visible de la materia que se mantiene oculto para que su sombra no sea pisada.

Daniel es un pintor de percepciones internas que encuentra sedimentadas en tesoros de experiencias escondidas en el núcleo mineral de lo que yace en la tierra, y él lo reaviva, lo somete a un proceso de regeneración hasta obtener el fulgor plástico de su ser.

Al contrario de lo que piensa C.G. Jung, logra penetrar en los objetos que están fuera de él porque posee una puerta secreta que le permite acceder a ese sueño cósmico sobre el que se levanta su obra.

Él tiene dos rostros, uno dirigiéndose hacia adentro y el otro hacia afuera y como el Werther de Goethe, piensa: “me vuelco hacia mismo y encuentro un mundo”. Y tampoco desdeña a Novalis, el ingeniero de minas, cuando dice que “lo exterior es un mundo interior permutado en estado enigmático”.

Polvo de mármol, látex, tierras naturales, acrílicos, polvo de cáscara de almendra, betún, barniz, polvo de madera blanca, negro mate, humo de imprenta y plancha de hierro, éstos son los ingredientes de lo telúrico que deja encerrados y grabados en un frente de signos que son los continentes de un delirio terrestre que no promete divisar un fin.

La muestra de Daniel Claver, haya tenido suerte o no, haya o no mantenido al azar demasiado cerca, quedará en la memoria de lo contemplado por encima de lo visto fugazmente.

JUAN BARJOLA

Juan Barjola, artista extremeño, ha rastreado y batido desde su infancia sus tierras en busca de una verdad que las hiciese visibles.

Y es lo que ha hecho a lo largo de su vida, no a través de los predecibles signos de la sublimación sino mediante una insumisión consciente y deliberada a lo arquetípico. Lo ha llevado a cabo merced a la incrustación en el lienzo de la crudeza e inclemencia de unos unos suelos que gracias a la superposición escalonada de vertientes tonales inflama el espíritu primigenio.

Postula con ello un mismo destino y una misma suerte a tierras y hombres, ligados a trabajos ingentes, aridez y sequía. Un testamento en el que lo plástico recobra toda su energía para verificar que la metafísica de la materia custodia parte de una sustancia intangible.

Mi amigo Humberto me dice que se alimenta de fluidos salinos que se desbordan del malecón. Yo le advierto que esos nutrientes tienen tanta sangre que ahogan la vida y no dan derecho a ventanas con cielo. Estando de acuerdo, nos hemos puesto a ayunar para tratar de poner rumbo al limbo, ya que allí esperamos encontrar algo de ron por lo menos.

PÁVEL FILONOV / FORTALEZAS

Pável Filonov, artista gráfico ruso que fundó una escuela de pintura analítica en Leningrado, ha aprendido que en las distintas fortalezas o baluartes en que los hombres están encerrados, cada uno de ellos es el esclavo de una duda que se repite por patios, recintos, escaleras, muros y hasta techos.

En esta obra el silogismo surge de la tensión, de la fuerza, del movimiento y de la luz, que son los cómplices de ese pensamiento que se desvela. Cada nivel estructura un suceso plástico que se encadena al conjunto pero que guarda celosamente su autonomía de significados, de modo que el espectador pueda ordenar, con metódicas visiones, este aparente caos.

Al contemplarlo detenidamente también comprobamos que la duda es un grito de liberación y de emancipación que el pintor despliega para que sus múltiples autorretratos resquebrajen, aunque inútilmente, ese torreón y de esa forma poder escapar. Una premeditada alegoría de su tiempo y contexto histórico.

Un frío aliento de espíritus barre el malecón y nuestros soplos invisibles anidan en una escollera que constantemente recibe los nombres de las almas de los hombre que perecieron en aguas que maldicen lo que un día han bendecido.

HANS HARTUNG / ATISBO

Este estudio de Hans Hartung, pintor alemán que formó parte de la escuela de París, permite encontrarnos con un animal virtual que se debate en una agitación corporal nacida de su propia fuerza.

El pintor halló en el espectro los símbolos del movimiento que da lugar a que lo finito, cuando toma conciencia de la antinomia, se desenvuelve con la arrogancia de lo que se impone visualmente.

De todo ello se llega a una realidad intrínseca en la que la plasticidad adquiere el ser de sí mismo para sí mismo, igual que la alquimia cuando intenta dar forma al viento.

Y si la mirada, cuando se pose en él, siente el deseo de viajar por ese imaginario, hará que un súbito atisbo penetre en su memoria para siempre.

Una neurosis de angustia ha atacado a los habitantes del malecón bajo el crepúsculo. Unos están irritados, otros en estado de espera, aquellos con fobias o miedos, y los de más allá atrapados por vértigos, sudores, temblores, disneas y taquicardias. Un dios malsano, dicen, los ha condenado por no aclamarle con el fervor de los canonizados. Mi amigo Humberto y yo huimos de una epidemia que nos agarraría sin el ídolo protector adecuado, el que se pinta para no ir a la utopía del cielo.

LA ESCUELA DE ATENAS

Este fresco de Rafael deslumbra por su modernidad, porque compendia un sentido constructivo, arquitectónico, con una sensualidad cromática vigorosa y sutil a la vez, con una capacidad escenográfica insuperable para reunir toda la sabiduría de Occidente en un mismo espacio. Hoy sería una auténtica foto de familia, quizás sin esa magia para revivir el pasado en el presente.

Cincuenta y dos figuras rodean a Platón y Aristóteles. A la izquierda se observa a Pitágoras escribiendo y a Aristóxano de Tarento mostrando la tabla de su nuevo sistema de armonía. Al lado suyo Averroes, Heráclito y más apartado Demócrito de Abdera con la cabeza coronada de pámpanos.

Detrás de Pitágoras están los socráticos, Alcibiades, Esquino, Jenofonte y Aristipo escuchando a Sócrates. Y más allá los sofistas, Diágoras, Gorgias y Cristias.

Al lado de Platón están Espensipo, Menedemo, Jenócrates de Calcedonia, Fedro y Agatón. Y a la vera de Aristóteles, Teofastro, Eudemio, Dicearco, Aristógeno y más lejanos Zenón, Cleanto y Crisipo en representación de los estoicos. Tendido en las gradas se encuentra Diógenes, al que señala Epicuro ante Aristipo. Junto a Minerva y apoyados se hallan Pirro el escéptico, Argesilao con sus dudas e Hipias.

Debajo se encuentran Euclides, Tolomeo y Zoroastro sosteniendo una esfera. Y en un extremo el propio Rafael y el Sodoma.

Equilibrio, visión, ideario, virtuosismo, perspectiva, acervo, historia, filosofía, todo un resumen del pensamiento y la estética de su tiempo y del pasado, con una ventana puesta en el futuro.

Mi amigo Humberto anda en pos de la posteridad pero no da con élla, se le escapa entre la pasta y el pincel, o se le evapora en el barniz. Yo le digo que no la encontrará si no está lo suficientemente desesperado. Para eso todavía queda mucha penumbra, me contesta.

ALBERTO BURRI / HERIDAS

Cuando me encuentro casualmente con esta obra del artista italiano Alberto Burri, reflexiono, por una parte, en como nuevos elementos materiales abren otros ámbitos a la pintura, y por otra, en como esos mismos componentes constituyen realidades autónomas pero siempre ligadas a una conciencia estética basada en el conocimiento y el vivir del tiempo presente.

Burri ahonda en las heridas, en las rupturas, en los tejidos pobres que se remiendan, en metáforas que se esconden para poder sobrevivir. Araña la materia, ya sea plástico, arpillera, hierro, para que la expresión de una existencia que no acaba de ajustarse, que siempre está en quiebra y en trance de volver a construir sobre las ruinas, forme parte de nuestro mundo.

Y también aparecen los deterioros que causa el tiempo transcurrido, el que señala las circunstancias de cada ultraje o los accidentes que acarrean llagas que no tienen caducidad.

Vuelve el agobio a la isla. Todavía no ha dejado de zurcir para tener que recoser de nuevo. No deja de ser una maldición que acierta siempre en sacrificar a las misma víctimas; son tan fáciles de descubrir, tan asequibles, que no puede evitarlo, siempre están disponibles para su disfrute. Y sin embargo el malecón, deprimido por tanto despojo que se arrastra hasta él, grita para anunciar que hay un pueblo que no renuncia a vivir.

EDWARD HOPPER / LA CASA DEL DESIERTO

Es como si esta casa, de arquitectura colonial fuera de época, hubiese quedado olvidada en un paraje desierto donde no se ve a ningún ser humano, mejor dicho, ella es el ser humano que, aunque derrotado, deteriorado y marchito, no se deja vencer. Las vías del tren que se dejan asomar tímidamente son la prueba de que allí no se detiene ninguno, de que nadie rompe esa soledad impuesta por el infortunio.

Edward Hopper, gran artista americano, inclasificable, con ese sensibilidad para precisar la luz y sus sombras, el crepúsculo, la noche y su claridad, es un creador sosegado que vuelca en la pintura la autobiografía de una soledad y de un silencio donde no debía de haberlos.

Y por eso la casa queda ahí sola y callada, erguida a pesar de todo y resguardando su historia, envuelta en el halo de lo que transcurre ilimitadamente aunque su fin es seguir ahí, como un autorretrato que nunca ha de interpretarse pues ya lo dice todo. Hasta en su decrepitud es soberbia.

Días de abatimiento en que mi amigo Humberto y yo no encontramos en el malecón el mensaje seguro de salvación que nos corresponde. Hay tantos y todos son tan distintos que podemos equivocarnos. Nos cansamos de tanto bullicio y fragor y nos fuimos. Al fin y al cabo, la única salvación que conocemos es la penumbra.

ANTONIO SUÁREZ

Muchos años atrás, cuando vimos por primera vez la pintura del artista asturiano Antonio Suárez, miembro fundador del “EL Paso”, nos quedamos un tanto atónitos por la densidad atmosférica que inundaba las superficies de sus cuadros, las texturas espléndidas que festejaban delicadamente y con dimensión callada el azar que les ha permitido salir, emerger, mostrarse, como huellas de una realidad viviente.

Antonio es un pintor que quiere que las cualidades y virtuosismos de la materia, del pigmento, del óleo, sean previas a la visión, que incluso sean ellos los protagonistas de fecundar la simiente, de engendrar la obra con esa sabia devoción en que la trama aparece como un coral en perpetuo renacimiento hasta llegar a una ortogénesis múltiple.

Si hay tantos gallos sueltos por el malecón es que andan muy cerca los abakúas. Uno de los sacerdotes, después de arrancarle al pollo unas cuantas plumas del cuello y de debajo de las alas, las coloca en forma de círculo sobre el parche del tambor. Y me invita a poner mi lengua en el centro del circulo. Aterrado, lo hago. Ya nunca podrás decir mentiras, me dice. ¡Y entonces cómo voy a poder sobrevivir sin engañarme! Mi amigo Humberto y yo tomamos camino de la penumbra con la esperanza de que bajo ésta y con unos buenos tragos de ron no fuese exigible esa condena.