ANDY WARHOL / NO ENCUENTRO

Cuenta Tom Wolfe que cuando en sus inicios Andy Warhol asistía a una cena de “alta sociedad” o del “gran mundo”, se hacía tal lío con la interminable fila de cubertería plateada que se quedaba quieto, sentado, sin probar bocado. En una ocasión, una dama que tenía al lado le preguntó la razón de su falta de hambre, a lo cual él le contestó: Señora, yo sólo me alimento de caramelos. Después ya fue otra cosa, se convirtió en un auténtico experto.

Siempre consideré al pop art un movimiento de personajes, que buscaron lo fácil y lo encontraron, y al final nos dieron gato por liebre. Esa inmersión en la cultura popular y en los medios parece una operación de entronización de lo vulgar y en algunos casos de lo zafio. Pero lo quisieron hacer pasar por el arte de la segunda mitad del siglo XX, al que cogieron desprevenido después de tanto informalismo. Al final, y como era habitual, quedó atrás y todavía dejó huella, una huella demasiado pisada en la que ya no se distingue el origen de la planta o plantas que quisieron inmortalizarla.

Mi amigo Humberto va esparciendo por toda La Habana tarjetas de felicitación en las que están insertadas unas jaculatorias pintadas que protegen contra el mal de la vida. Así se apaciguan, según me dice, las sombras, nos permiten sobrevivir en paz y nos prestan la penumbra para que nunca olvidemos que somos víctimas de nuestra propia y particular tiniebla.
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