GEORGIA O´KEEFFE

Escribía Enrique Wölfflin que “hay en la forma una virtud de despertar la visión y obligarla a que abarque de una vez lo múltiple, no pudiendo apenas librarse de esa virtud el espectador más remiso. Merced a ello se sentirá repentinamente más animado y como convertido en otro sujeto”.

Y ello es cierto casi siempre cuando nos situamos ante una obra como ésta de la artista estadounidense Georgia O´keeffe, cuyas obsesiones eran mudar en magia de vida las flores y el desierto.

Para ello desangró la pureza hasta la última gota, transformó el pigmento hasta que fuese un instrumento dócil de ellos, tal que símbolos, y fuesen los que impusiesen al mismo su catarsis.

Y así esta pintora recobró de estos elementos una plástica poética que se agarra a la tierra yerma por descubrir, al espíritu que la gobierna y a la evocación que nos convierte en observadores con una nueva mirada.

Ella ya nos ha dejado pero nos ha quedado su mensaje para que nuestros ojos vean más allá de ese desierto de huesos y fósiles.

Mi amigo y pintor Humberto Viñas se aparece y desaparece, se encierra y se desencierra, vive y malvive, pinta y despinta, maleconea y desmaleconea. ¿Existe y no existe? Ni los dioses yorubas lo saben.

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