Mes: marzo 2009

GUERCINO

Esta obra de Giovanni Francesco Barbieri, apodado “Guercino” por su estrabismo, nos invita a penetrar en la Arcadia, ese país imaginario creado y celebrado por poetas y artistas del Renacimiento y el Romanticismo.

Era un reino de felicidad y paz en una atmósfera de plenitud idílica, habitado pos pastores en íntima comunión con la naturaleza, y en el que se desconocía que el hombre es mortal -¿lo será siempre?-, por eso la sorpresa, asombro y hasta temor de esos jóvenes zagales cuando se encuentran con la calavera, que adquiere para ellos un tamaño y una luz descomunales.

De ahí, en ese contexto socio-histórico y artístico, parten muchas de nuestras interrogaciones metafísicas y ontológicas que conservan y conservarán su actualidad todavía, y que el pintor ha sabido sintetizar y enmarcar como una utopía imposible dado que uno de los elementos para erigir la misma falla estrepitosamente.

La calavera es nuestro infortunio y ni lo divino es capaz de sustraerlo a nuestros ojos, enmascararlo con la trascendencia, tal y como queda reflejado en un lienzo en que lo finito e infinito se enfrentan.

Mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo vamos en peregrinación al malecón, queremos pedirle perdón por la infamias de que le hacemos objeto en nuestras borracheras de plenilunios insomnes. Recitamos con voces ebrias estos versos de Kavafis:

“Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas.

Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca”.

Anuncios

ANDRÉ MASSON Y MAX ERNST

  • Las claves del movimiento surrealista, de tan manoseadas, nos han dejado un sabor de encuentros indescifrables o un código a la carta que se hace más utilizable con el paso del tiempo. Yo me sumo a esto último y al amparo de este paradigma lo enuncio bajo la fórmula de una lectura que debería hacerse invisible ante estas magníficas obras de Masson y Ernst, los inmensos artistas surrealistas franceses.
    Sueños y pesadillas, tensiones emocionales, la forma que se hace a sí misma porque son sus propias quimeras las que la configuran, los colores de la alucinación que postulan fantasías de odio, terror y angustia.
  • Ganar tiempo a la muerte por la vía de los espectros, de los monstruos y fantasmas que exploran desiertos emocionales de aguas subterráneas turbias y furiosas.
  • Mas queda una belleza palpitante en su propio horror, unos seres que son nuestro reverso en áreas perennes que constituyen el ansia que padecemos, la voracidad que negamos y la autodestrucción a la que tendemos.
  • Estos dos grandes pintores así han sabido percibirlo, eran la condición de que esta empresa quedara sellada a nuestro destino de observadores que quieren penetrar con la mirada hasta los ámbitos más oscuros para sobrevivir con ellos al hilo de su propia desventura hasta el final que les aguarda en su seno.
  • Hoy consagran al malecón. Mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo no queremos asistir. Entre penumbra y penumbra oímos letanías de un piélago que predicaba en páramos baldíos. Con el primer trago de ron dijimos amén. Con el segundo retornamos a la fuente de lo que fuimos. Y con el tercero dejamos que nos devorasen los aberrantes cangrejos del subconsciente. Tan frío y áspero se hizo el día.

OSWALDO GUAYASAMÍN

Hay olvidos injustificables e imperdonables, que es lo que me ha pasado con Oswaldo Guayasamín, el gran pintor ecuatoriano de los condenados de la tierra, del que no me he acordado hasta hoy.

  • Este artista, en cada obra, ha creado un mundo en miniatura, y ha discernido y configurado una plástica consagrada al color de la piel despreciada, a la textura de la epidermis avejentada y consumida, a los ojos de la tortura, el silencio y el padecimiento, a los rostros de la esclavitud y la servidumbre. Para siempre ha dejado su alma en ese lenguaje colosal dedicado a visualizar al oprimido.

    Por tanto, ha encontrado la manera de abrumar nuestras miradas de emoción estética, de apelar a nuestros sentimientos por el hilo de una visión de poesía desgarrada, los cuales hace más visibles aún para que su representación objetiva nos haga reflexionar de un modo contemplativo y activo sobre ellos y entenderlos (Susanne K. Langer).

  • Guayasamín nos ofrece todo Latinoamérica como una marginación que mira y que a su vez es mirada por su pobreza y su desolación.
  • El malecón se ha vestido de confesor durante unas horas. Cuando a mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo nos toca arrodillarnos ante él y confesar nuestros pecados, nos expulsa de su presencia, anunciando a voces a todos sus feligreses nuestra falta de fe y deserción. Camino de la excomunión pensamos que nuestro destino común en lo universal tenía la sintonía de un bolero pero la letra de una milonga.

HUMBERTO VIÑAS GARCÍA

Decía Bertrand Rusell que hay que tener coraje para cambiar las cosas que se pueden cambiar, serenidad para aceptar las que no se pueden cambiar y la inteligencia para distinguir unas de otras.

Mi amigo y pintor cubano Humberto Viñas García lo sabe y no intenta cambiar sino buscar y llegar a una verdad que se mantenga en contienda entre el ocultamiento y el desocultamiento (Heidegger), y una rebeldía creativa necesaria para la supervivencia de su vida (Kristeva añade lo de psíquica aunque no lo encuentro obligatorio sino inútil).

Y por eso, en esta obra, el artista desea que nuestros ojos queden cargados con la verdad y belleza de la melancolía que irradia la figura, con la emoción que enerva mediante el magisterio del color, con esa magia de las formas que brotan de su propia contextura geométrica, a las que únicamente se les ha dado vida desde dentro hacia afuera.

Y también es una verdad de las cosas el que hay una ternura contenida en las dos manos, una blanca y otra negra, y que éste es el símbolo de miles, en los que la inteligencia plástica del artista pone ante nuestros ojos una fusión alegórica del mestizaje.

Cuba, cuando amanece, lo hace así, con esas tonalidades y pigmentación, propias de una visión dulce y triste del trópico caribeño, donde se mezclan y se funden sangres, razas y vidas.

El coraje para distinguir las cosas, en definitiva, se ha hecho visible en una voluntad estilística empeñada en recrear una geografía humana que le es tan íntima y cercana.

Y como adiós, éste de Kavafis:

“Contemplé tanto la belleza,

que mi visión le pertenece”.

ZORAN MUSIC

Sostenía Ernst Gombrich que el artista se siente atraído por motivos que se pueden plasmar en su lenguaje y tenderá por lo tanto a ver lo que pinta en lugar de pintar lo que ve.

Zoran Music, pintor italiano, supo muy bien lo que pintaba después de haber estado dos años en el campo de concentración y exterminio de Dachau, y su lenguaje es el de la furia y la piedad, el del testimonio y no la venganza.

En sus obras la búsqueda de significado nos remite a símbolos que tenemos muy presentes, pero en el acto de contemplación de las mismas descubrimos lo que podemos llegar a ser y hacer. Víctimas y verdugos.

Nos deja ver lo necesario aunque lo que nos desvela nos estremece más, pues los signos de la barbarie están ahí, no hace falta ocultarlos para percibirlos en toda su vileza.

Y la sabiduría plástica de este gran creador hace que esta visión sea más incisiva que cualquier imagen tomada en el momento, es tal su eficacia pictórica en el rescate de lo que aparecían como alucinaciones de nuestra historia.

Es un legado que no podemos dejar de mirar y hasta de oír su silencio. Es un horror y una condena que nos acompañarán siempre.

Las sirenas emiten cantos aterradores ante el malecón, están hambrientas de carne si bien en los curiosos que se acercan sólo ven huesos. Mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo no nos aproximamos, deseamos que nuestra pulpa, si es comestible, sirva, por lo menos, de pasto a famélicas mulatas o mestizas que sean tiernas y sepan condimentar las tripas de dos seres sombríos en perenne penumbra.

JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ CASTILLO / UMBRAL DE MUERTE

Freud compara el arte con un sueño, pero éste, el que vemos arriba, es un sueño cruel, desolador y desapacible, en el que la medida de la extinción del tiempo de vivir se hace presente en toda su dimensión.

José Luis Hernández Castillo, artista cubano autor de esta obra, conjuga esta representación visible -lo invisible es lo que le confiere la autoridad plena- como una fusión entre lo formal y lo emocional. La forma plástica de la arruga, de la luz y de la sombra, del dibujo de la decrepitud, no sigue ningún código, se limita a transformar la presencia que se contempla en la imagen en otra que se revela con mayor percepción y que nos hace entendernos o reconocernos como una verdad no experimentada.

Hay una tal potencialidad en el lenguaje de esta pintura que el diálogo a que nos incita sería interminable, sólo tendría fin cuando nosotros, espectadores, formásemos parte de esta visión última, que es el cementerio y su negra pasión.

Mi amigo y pintor cubano Humberto Viñas y yo nos acercamos al malecón y le recitamos estos versos de Du Bellay:

“Señora vejez

no me ha dejado más que piedra en los riñones, gota en los pies y verrugas en las manos”.

Después caminamos pensando que nuestro destino ya está sellado y nuestro epitafio escrito.