Mes: abril 2009

SERGIO BARRAGÁN ARÉVALO



Una foto aérea delata mi refugio existencial. Y aunque agudizo la mirada, lo extravío en ese efluvio que transita a lo largo de lo horizontal y que se camufla en un espacio que se reordena en cada segundo de una era de edificación.

Por consiguiente, la construcción pictórica nos ha de situar en el plano que necesitamos para vivir, que es el propio de un urbanismo anímico que forma, color, materia y geometría han diseñado conforme a los designios de una mente que huye de la ceguedad y del caos, que busca la clarividencia de un acomodo que nos proporcione respiro, descanso y espíritu.

Y Sergio Barragán Arévalo, pintor y arquitecto asturiano paisano mío, lo ha comprendido a la perfección. Pues lo ha esquematizado para que lo esencial despliegue su transformación entre recodos, esquinas y vueltas, entre puentes y vías, puertos y obeliscos. La rigurosidad de lo arquitectónico se ve inmersa en una panorámica que fusiona los recovecos, que no se esconden ni ocultan, con las densidades cromáticas de lo exterior, aquello que conforma nuestra guía por calles y avenidas.

Sergio lee en el espacio, y por ello hace confluir en él lenguajes que se citan y confiesan en parque y jardines, en miradas que se reconocen y señales que nos hablan según una versificación plástica que llega a abstraer emociones de nuestros paseos urbanos hasta poner en ellas un trozo de lo que somos y hemos sido.

Nos asaltan las euménides y erinias en el malecón. Humberto y yo nos hicimos los eunucos para salvarnos de la castración. Y no es por lo que se deja de tener sino por lo que duele. Tan desesperados son los gritos de las víctimas que salimos corriendo, para después, en su taller, cuando llegamos, ver claro que necesitábamos otra encomienda.

CRISTÓBAL GARRIDO LEAL


Dos recios candados aseguran un cortinaje detrás del cual flota una pleamar de silencio nuboso. La acuarela, en este instante, está surgiendo desde otras frondas distintas de las ya tópicamente habituales. Está a punto de romper esas cadenas mohosas sin que esos cerrojos puedan impedírselo a pesar de su fuerza.

Cristóbal Garrido Leal, artista tinerfeño, aborda con una experiencia pictórica consumada los resortes y recursos de una técnica que siempre está llamada a adquirir una vocación plástica de primer orden. Por eso, le ha conferido unas texturas y gamas cromáticas que renuevan la visualización de un plasma que se estaba repitiendo incansablemente. Él ha encontrado un hueco en los límites y lo ha agrandado, impregnándose con ello de la auténtica dimensión del artista.

Y después de esa ruptura viene la concreción de un mundo abierto hecho para caminar sobre un destino de ansias y voluntades, de tierras sin señalar y de ámbitos desnudos.

A mi amigo y pintor cubano Humberto Viñas y a mí nos toca hoy ser penitentes. Andando encapuchados damos un traspié tras otro pero nunca llegamos a caer porque hay una carne oscura que nos sostiene. Así recorrimos todo el malecón y acabamos el rezo. La contrición la perdimos en el viacrucis y ya no hubo perdón. Total, ya no hay quien pueda resucitarnos llegado el momento de la extremaunción.

RENÉ MAGRITTE

Después de haber entrado en vivo en la exposición de Francis Bacon en el Prado, uno queda desvestido de sueños, casi muerto y con la mirada ciega. Ya no es posible más que levantarnos sin vernos, cercados por una oscuridad de nazarenos, y aunque acercábamos nuestros rostros cubiertos nos era imposible reconocernos.

  • René Magritte, el gran artista surrealista belga, postuló una obra de hallazgos visuales ilimitados pero siempre teniendo a lo terriblemente humano como lo posible en una realidad sociotemporal imposible.
  • Su modernidad nos llega hasta hoy porque su autenticidad nunca ha sido puesta en duda y también es indudable que su escenografía plástica multiplicó microcosmos construidos en un perfecto ensamblaje de imágenes, espacios y tiempos.
  • Nos deja ver su hermetismo con la ironía de quien conoce el secreto vacío, ése que guarda una melancolía pura a la que presta un derroche óptico para evitar su extravío.
  • Nos visita Albert Camus en el malecón a mi amigo y pintor Humberto Viñas y a mí, y nos explica que no basta con vivir, nos hace falta un destino. Nosotros le respondemos que el nuestro ya es historia pasada, por eso estamos aquí esperando la muerte que acaricia entre ola y ola una tristeza que ya no nos abandona.

MARKUS LÜPERTZ


Ya hemos dejado de ser guerreros, únicamente servimos para representarlos en sus tristes lechos y exponerlos, con toda su gloria pasada, ante la contemplación pública.

Markus Lüpertz, el escultor y pintor alemán, así lo ha hecho. Y no hay lamentos y sollozos por una inmortalización de un ser que finalmente perdió su naturaleza pero ganó un icono con el que celebrar la gloria de un funesto pasado.

Sentimos la fuerza de sus miembros y el patetismo de su cabeza, cuyos ojos a punto de cerrarse quisieran ver más allá de un futuro. Pero tal espejo no existe aunque su aparente forma esté ahí para confundirte.

Hoy el malecón estaba sumido en un éxtasis voluptuoso y al mismo tiempo bajo un espíritu adverso. ¡Esclavos, nos increpa él a mi amigo y pintor Humberto Viñas y a mí, el porvenir es la única especie de propiedad que os concedo de buena gana! Entonces, nos dijimos nosotros, es que ya no hay. El maldito farsante ya nos ha vuelto a engañar.

ALBERTO MAGNELLI

Alberto Magnelli, artista italiano que estuvo vinculado a Kandinsky, me permite ver en su obra lo que quiero ver.

Los planos no se confunden pero se penetran unos a otros, se dan vida siendo tan heterogéneos, y se cubren o se descubren con un cromatismo que es la sangre que los hace salir de su geometrismo impávido.

El pintor no les obliga a renunciar a su anatomía desordenada porque su disposición guarda fidelidad a una lógica interna que no tiene necesidad de revelarse.

No se necesitan ni códigos ni gramáticas, sólo un alfabeto que sepa conciliar un mundo de formas que se desean y precisan la compañía unas de otras.

Magnelli así lo ha entendido y así nos lo ha propuesto. Y si hay alguna frontera en nuestra percepción será la que miopemente establezcamos nosotros.

Cabalgábamos mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo sobre unos ponis locos instantes después que nos habíamos dormido en un malecón que hoy estaba insomne y vengativo. Nos despertó un viejo de huesos carcomidos recién salido de la tumba que se anunció como Joseph de Maistre. Fijando sus cuencas vacías en nuestros ojos, nos dijo: “la tierra no es más que un altar inmenso en el que todo cuanto vive debe ser inmolado, sin fin, sin medida, sin descanso, hasta la consumación de las cosas, hasta la extinción del mal, hasta la muerte de la muerte”. Después de eso ya no pudimos dormir durante varios días, nos quedábamos escuchando un amanecer que renegaba del momento en que decidió haber nacido.

ROBERT THERRIEN

Si el arte es un prontuario a descifrar, esta obra de Robert Therrien es su perfecto ejemplo, incluso va más allá.

Símbolo, jeroglífico, signo, o lo que sea, reduce el diálogo a lo mínimo, es decir, a encontrar una llave que abra una supuesta puerta. Nada más requiere.

¿Es suficiente? Sinceramente no lo sé. Yo no entreveo ninguna poesía visual aunque lo he intentado desde una posición remota. Y, en cambio, sí que conservo la intriga de lo que hay detrás de esa cerradura, si es que lo es, pues no dejo de pensar que es la pura nada de la que estamos hechos y en la que ya no queremos volver a mirarnos.

Quizás necesitemos ejercicios de introspección para encontrar en nosotros mismos las respuestas a este desafío estético. Yo, no obstante, me abstengo, no encuentro al padre espiritual adecuado.

Mi amigo y pintor Humberto Viñas y yo nos pasamos toda la noche en el malecón pensando en despojarnos de los Cuatro Viejos. Comenzamos por las viejas ideas que están demasiado ajadas y ya nos no sirven; después por la vieja cultura que, excepto algún desnudo, nos aburría; luego las viejas costumbres que siempre acababan en la cama y algunas veces debajo de ella; y al final los viejos hábitos que nos colgaban miserables pidiendo limosna. Teníamos que empezar algo nuevo en tanto la rumba bailase y el ron alumbrase las cenizas del alba.

TARSILA DO AMARAL

La obra de Tarsila Do Amaral, la eminente artista brasileña, está en Madrid con el fin de descorrer el telón que hasta ahora no nos había dejado percibir todo su trabajo.

Y cuando lo vemos, trabamos intimidad con el alma de un trópico en que cada ser o ente animal o vegetal que lo anima tiene una forma que se adapta a su condición.

Tarsila posee la intuición plástica precisa para que la inmensidad brasileña, exuberante o árida, pobre o rica, se vislumbre como la representación feraz de una tierra cromática en busca de un destino que la haga vivir para siempre.

Nos asombra su síntesis de modos y estructuras, su visión estilística centrada en persuadir a la imagen para que hable por sí misma y nos comunique a través suyo como ella ve Brasil.

Nuestra retina ha quedado invitada a esta teofanía de la tierra y el hombre y muestra su agradecimiento conservando su destello en una memoria que en esta ocasión no nos será infiel.

De noche en el malecón, mi amigo y pintor Humberto Viñas me dice que aún no se ha explicado la razón de que cohabitemos con estos habitantes desnudos de la penumbra, arrebatados y maltrechos, heterogéneos e ilusionados, que no aman canciones sobre los necesitados y cantan blasfemias en honor a la deidad que les martiriza.

Al ver a dos mulatas aladas, las obsequiamos con el ritual de la piel desnuda para que formen parte de las poseídas por la brisa fresca caribeña, a las que no se les envejece el corazón cuando desde el monte de Venus viajan hasta su Patagonia. Algún día nosotros, cuando ya no estemos ebrios, las acompañaremos.