ALEXANDER CALDER

Puedes ir paseando y encontrarte de repente inmensos monstruos jurásicos de hierros posados y anclados en la superficie. Parecen insectos o pájaros varados con las alas replegadas hacia la tierra que forman parte de un paisaje urbano contaminado que necesita de estos testigos para seguir vivos. Nosotros ya no le servimos porque somos lo contrario de esos monstruos, somos los que destruimos y asolamos, ¿quien lo duda?

Calder, con sus móbiles, dio al espacio la oportunidad de dibujar, y con sus arañas, la ocasión de fosilizar para resurgir. Son formas que se amparan en lo recóndito de lo atávico para aparecer como claves de un acontecer actual, y que tienen su mejor virtud en el mostrar al espectador su magnificencia protectora y elocuente con la que compartir una visión territorializada de una humanidad que es tan posible como imposible.

Si se toman como huellas ahí quedarán, si se perciben como signos, su análisis sería todo un manifiesto, y si se consideran como iconos tienen un significado para cada uno de nosotros.

Humberto y yo nos declaramos cimarrones. Evocamos el 14 de julio de 1822, cuando desde la sierra de las Ánimas descendieron 21 hombres y 10 mujeres. Iban armados y con el odio acumulado en los ojos. Nosotros, en cambio, desarmados, con una botella de ron y una lengua obediente. El Malecón nos recluyó en nuestra esquina y por hoy nos dio su bendición. Mañana, al amanecer, nos diría donde depositar nuestro adiós.

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