PAULA REGO (1935)

Hay entornos en los que las realidades son demasiado espesas y turbias, tanto como que piden a gritos propuestas concretas y diáfanas que no detengan la herida a infligir si somos espectadores sin ser observadores. La artista portuguesa Paula Rego, en sus obras, nos acerca sus habitantes lo suficiente para comprobar que lo táctil que existe en ellos se rebela, no quiere ser el símbolo de lo que no se necesita para cerciorarse de una estética envolvente de lo que fue y no llegó a ser.

La figura de la mujer se debate entre una cruda apariencia visual que no ahorra una carnalidad vestida o desnuda participante en ritos y ceremonias del desvivir, y una definición plástica que hace del ropaje cromático una reafirmación óptica de lo que acaece dentro del marco del lienzo. El color es el espejo de una atmósfera enrarecida que contagia de desasosiego a los integrantes de un espacio cerrado, pequeño y precintado, que nos transmite a nosotros y que aglutina los elementos básicos de una fuente emocional que se remonta a la exaltación romántica del mito de la verdad.

Pero ya no hay mitos a la carta, le digo a mi amigo Humberto, hay incertidumbres, percepciones falsas o una pintura que no esconde la crueldad que subyace en la forma de representar la integridad de lo que no puede negarse. ¡Y quienes somos para negarlo!

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