Mes: agosto 2009

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ANTONY GORMLEY (1950)

¿Qué hacen aquí todos estos pequeños monstruos? ¿Qué nos intentan arrebatar? ¿Es un montaje visionario de lo que amenaza a nuestro futuro? ¿Qué hacemos desnudos e inmóviles, suspendidos en el techo o en posición horizontal o vertical, extrañados y desconocidos unos de otros?

El artista Gormley nos ofrece unas instalaciones en las que lo extrínseco es el marco escénico en donde transcurre la acción y lo intrínseco lo constituye la percepción del espectador para captar una experiencia de naturaleza antropomórfica, metabolizarla y a partir de ese momento confrontarla consigo mismo.

En pricipio, hay una aparente irrealidad en esta renovación de los patrones visuales imperantes, aquellos que todavía ahora sin su ayuda nos arrojan a una confusión de perspectivas carentes de pensamiento comprensible o al descarrío en parajes que desdeñamos por su caos de objetos y contenidos. Apenas nos son inteligibles y perceptibles las sensaciones que fluyen en ideogramas espaciales hasta que nos la encontramos de repente ante nosotros.

Y no es cierto, pues si ya Bernardo de Claraval criticaba los monstruos y criaturas de la fantasía en el mundo escultórico romano, preguntándose qué finalidad podía tener esa “curiosa belleza” deforme y esa bella antinaturaleza, dejaba claro que lo deforme, lo monstruoso no ha malogrado su condición de bello. Y plástico, añadiría. Por lo tanto, estas obras recuperan bajo otras premisas la dimensión estética que la Edad Media no le había negado.

Y esa recuperación, en nuestro contexto cultural, social e histórico, profundiza en la relación del hombre consigo mismo, especialmente por lo que respecta a sus referentes visuales, aquellos que emergen desde niveles de oscuridad a los que el conocimiento ha tratado de desplazar, privilegiando a los que se hacen visibles, cómodos, obedientes, pero sin que nos sirvan para un reconocimiento de realidades posibles. Son, por tanto, las imposibles las que necesitamos, las que han sido castigadas a la ambigüedad invisible pero nunca han dejado de acompañarnos.
Humberto, por culpa del apagón, ha estado pintando a oscuras toda la noche, me ha dicho. Y lo que al principio era muy difícil, al final se hizo fácil, pues fue ella la que determinó el curso del acto y de su proceso. Lo que ha dado a luz no lo sabemos pero nos dejamos llevar por la intuición. ¿Será eso un nuevo comienzo? El penúltimo adiós del Malecón nos lo anunciará.

PAUL NASH (1889-1946)

La fotografía se ha apropiado de los paisajes de guerra gracias a su inmediatez, toma directa y rapidez de trasmisión. Pero el artista británico Paul Nash, cronista en la II Segunda Guerra Mundial, ha querido que también la pintura tuviese la oportunidad de aprehender ese mundo de destrucción, de asimilarlo por medio del pigmento, de tal manera que su conformación plástica grabase en la retina del espectador una huella interior que no tuviese huida al olvido.

Son obras que eluden la función fotográfica, su misión reproductora, para recalar en la esencia pictórica de la devastación, en los tonos lúgubres de una hecatombe impensable. Crepúsculos agónicos, noches arrasadas, escombros fosilizados, adquieren gracias a la fuerza intensa de la pigmentación un impacto brutal y reflexivo a la vez, que sintetiza singularmente lo que lleva al núcleo de la representación.

Y el artista alimenta el contenido con una carga semántica que no permite la connotación accidental, efímera, que desvíe la atención de un escenario que no tiene más que una tragedia, una sola, pero que es inmensa, desoladora, implacable y sin asomo de piedad.

Humberto y yo estamos cansados de otear desde nuestra esquina del Malecón. No se divisa nada o es que ya estamos quedándonos ciegos. Y sin sustento que llevarnos a la boca, enfriamos la sed agarrándonos al muro. Las mestizas, cabizbajas, pasan y no nos miran. Acabaremos siendo invisibles, le digo.

OSKAR SCHLEMMER (1888-1943)

En su curso de la Bauhaus, el artista aleman Schlemmer enfatizaba la figura humana como principio y fin de la preocupación artística. Por eso he elegido esta escultura suya como desarrollo emblemático de esa idea, que además se presenta como la obsesión de una síntesis estilística y humanista que tiene en la configuración compacta del cuerpo la unión de tiempo, materia y creación.

Carne y huesos han quedado solidificados y geometrizados sin perder la armonía forzada por la causa aparente de un empalamiento o una crucifixión. Y las formas no invitan a un reconocimiento e identidad sino a la expurgación de lo que trata de verse pues de lo contrario el resultado plástico de la purificación emergería inconexo.

La efigie atrae la luz y las sombras como componentes intrínsecos de un ídolo que despierta nuestra memoria, como lo ha hecho con la mía, a fin de registrar un hecho tridimensional que se ha formado con una parte de nosotros, una que es como una historia de esa memoria.

El Malecón declama:

“El hombre portador de destino, condenado por el destino a la vergüenza precisamente en la fuerza de sus ojos; el hombre lleno de vergüenza y sin embargo parlante con su voz húmeda, guiada desvergonzadamente por la mandíbula, la lengua, el labio, voz portadora del aliento, voz portadora de la palabra y de la comunidad, que se abre paso desde él ruda, gorda, aduladora, amenazante, móvil y tiesa, barboteando, árida, croando, ladrando, y capaz siempre de transfigurarse en canción……”

Acercándome, le susurro a Humberto que es un impostor porque esas palabras son de Hermann Broch, ¿qué demonios pretende? ¿Dejarnos desnudos?