JOSÉ IBARROLA (1955)


Hay un hilo conductor en toda la obra del artista vasco José Ibarrola en su búsqueda del logro de lo imposible: hacer que la materia pintada se convirtiese en intangible. Tal es el propósito de conseguir que el color dimensione lo incorpóreo para que quede la pureza de un simbolismo que cultiva la síntesis entre mar y personajes, pues uno es el espejo de los otros.
Plástica muy meditada y meditabunda que halla su propia naturaleza en la construcción de las formas y la pigmentación fría de sus pieles y recubrimientos, que aborda nuestra mirada con la desnudez de sus espacios ubicados ante un horizonte que nunca se deja tocar.

El misterio también ahonda en la percepción de esas tonalidades planas que saben más de lo que muestran y que nos desafían a esperar como ellas esas sensaciones de tránsitos hacia lo que nos sostiene y conforma.

Un trabajo que ha contraído deudas, que ha sabido pagarlas y ahora extiende sus créditos en un plano poético que precisa la soledad final que abarca un universo que no dejará de extinguirse en tanto lo intangible sea la medida de lo tangible.

Me dice mi amigo Humberro que le agota oírme el siempre y el nunca. ¿Pues qué quieres? Siempre estamos esperando y nunca llegamos. ¿Y qué hacemos con la muerte, me responde? Dejarla que aguarde hasta que dejes de pintar farmacias y tejados.

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