DANIEL SUEIRAS FANJUL (1976) / ANCESTROS

  • Me levanto con el insomnio a cuestas y apenas escucho lo que me dicen mis ancestros desde sus marcos suntuosos como corresponde a una elegante mansión burguesa. Mi mujer anfibia y sofisticada hace sus ejercicios y mis tres hijos, grandes eminencias, han concentrado toda su anatomía en sus cabezas, mientras mi padre, sentado en la cocina, espera que dos grandes atunes suspendidos se despidan después de un intenso diálogo.
    • Los principios de realidad e irrealidad se funden y confunden, se empatan sin perder su sentido del humor, que les sirve para desarrollar una obra conjurada en que lo utópico (ya se refiera o no al reino de Utopía que tenía a Badebec como hija del rey, a Gargantúa como su esposo y a Pantagruel como su hijo) o lo visionario se hace posible con la contribución nuestra de un imaginario resolutorio y abierto, pues las resignificaciones que asume cada una de estas formas de representar lo real son diversas e inquietantes.
      • Por tanto, la efectividad y medida plástica de esta iconografía nos incita a cruzar caminos visuales, atajar por sendas muy visibles aunque no reconocibles, y a preguntarnos ante esta estética antropomórfica de una nueva imagen, si la teoría de la evolución queda ahí atrapada para que la podamos contemplar mejor. ¿O es un juego que según roza la metafísica le pide un anfitrión a lo surreal sin que moleste una cierta idiosincrasia pop? ¿O estamos ante un realismo conceptual?

        • Sea lo que sea, lo cierto es que Daniel Sueiras Fanjul, joven artista español, es un inventor de experiencias y pensamientos que se acomodan en una pintura y escultura plena de recursos tan eficaces como fecundos. No olvida el sarcasmo ni la ironía pero tampoco el ingenio, la perspicacia y la sagacidad para plantear incursiones en estereotipos obsoletos, en ideas y lecturas acabadas, con vistas a hacer una propuesta que fascine y lo disimule, que seduzca e incomode, que sea de dilatada contingencia y de inmediata referencia.
          • Hoy van a quemar vivo a un tal Dolet por negar la inmortalidad del Malecón. Llegado el momento de la inmolación, el condenado dijo las siguientes palabras: “Non dolet ipse Dolet, sed pro ratione dolet” (Dolet no sufre por él mismo, sino que sufre por la razón). Eso le pasa por andar buscándola y proclamándola en este muro, me dice mi amigo Humberto.

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