LISA YUSKAVAGE (1962) / LLEGAR A LA CUMBRE

  • Cuando veo estas obras de esta artista norteamericana, me asalta Bongrand, un personaje de la novela “La obra” de Émile Zola, que me susurra al oído:

  • “No, el famoso Naudet tenía modales de caballero, llevaba chaqué de fantasía, un brillante en la corbata, iba engominado, lustrado, acharolado; un gran tren de vida, por otra parte, coche por meses, butaca en la Ópera, mesa reservada en Bignon, frecuentando todos los lugares donde era decente mostrarse. Por lo demás, un especulador, un bolsista, a quien le traía sin cuidado la pintura. Lo único que aportaba era el olfato del éxito, adivinaba al artista que había que dar a conocer, no al que prometía el genio discutido de un gran pintor, sino aquel cuyo talento falaz, hinchado de falsas osadías, iba a dar beneficios en el mercado burgués. Y así desequilibraba el mercado, relegando al antiguo aficionado con gusto y no tratando más que con el aficionado rico, que no entiende de arte, que compra un cuadro como si fuera un valor de Bolsa, por simple vanidad o esperando que suba el precio”.

  • Desde luego hay cosas que nunca cambian o han cambiado tanto que siempre siguen igual. ¿O alguien había pensado lo contrario?

    • Yuskavage ha llegado a la cumbre en muy poco tiempo sin un horizonte que vaciar. Sigue colgada de ella y espera que cuanto tenga que arrojarse, nosotros, sumamente caritativos, le pongamos un paracaídas, porque los que la encumbraron ya no querrán saber nada. Es verdad que sin nuevas esperanzas ya no queda sino morir, pero seguro que ella se aferrará con todas sus fuerzas y se negará a reconocer que está acabada. Aunque ya lo estaba desde que empezó.

      Creer que halaga a todos los espectadores, marchantes y grandes coleccionista porque es un producto visual que escandaliza, me parece presuntuoso y falso. ¿Pero quién no lo hace cuando comprueba que siempre sale bien? Pues nada, que le deseamos la mejor fortuna.

  • Hoy El Malecón nos obliga a vender estampitas con su efigie. Nuestras protestas fueron inútiles y contraproducentes. Y encima tuvimos que exigir un huevo de gallina por cada una. A falta de ellos, durante una semana se comieron en su territorio fetos de ratas. Y sin ron. Al final, se difundieron como nuevos hábitos culinarios creativos por parte de sus habitantes.

Publicado por Goyo

Escritor de arte, coleccionista.

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