H.C.WESTERMANN (1922-1981) / MARCA DE LA CASA

  • Siempre toco madera, se confiesa el norteamericano WESTERMANN, carpintero, acróbata y escultor de esa materia, y a lo hecho, pecho, que por algo el cuerpo quedó satisfecho después del ejercicio en la cuerda floja.
    • Si hay que regar tierra de muerto, hay que ponerse encima de esa parte sólida y fibrosa del árbol con el fin de que por una mano entre y por la otra salga convertida en un artificio, o artilugio si así lo habéis preferido, que posee tanto de quimeras primitivas o ancestrales como de mecanismos irónicos, cuya imagen nos devuelve un rictus antropocéntrico y mordaz.

      • Pero no nos extraviemos, la verdad es que esa urna parece un destino hecho a nuestra medida, un fin confabulado con la suerte de vivir entre cristales blindados de riquezas y miserias, las primeras para destruir, las segundas para necesitar. En definitiva, chucho que ladra no duerme.

        • La luna ha pasado de llena a menguante. En mala hora. Mi amigo Humberto y yo vemos como El Malecón, desnudo, con el sexo untado de espinas, aprieta entre las nalgas un murciélago muerto después de defecarlo. Por los ojos le chorrea leche de sapo, venenosa, y atado al vientre, por encima del ombligo, nuestro retrato envejecido a la espera de su suerte. ¿Quién se ha llevado el ron?

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