Mes: mayo 2011

CLOVIS TROUILLE (1889-1975) / AFINO MI SENSIBILIDAD

Con lo sagrado hemos tapado y también con lo que no lo es, pues queremos mitos transgresores que nos dejen embaucados, con la visibilidad a flor de piel y de espanto.
Para el francés TROUILLE, igual que para Michelet, la mirada era un elemento fundamental de su relación con el mundo, con los demás y con el pasado. Por lo tanto, sus obras, de ironía y caricaturas exacerbadas, están destinadas a esas miradas, negándoles la insulsez y la vacuidad, sirviéndoles de señuelo para clavarles el aguijón.
Ya los colores que informan su gestación se relamen de placer, se sienten libres para pecar sin confesión y castigo; no se reprimen y fustigan con agua bendita esas carnes o rebosan de confirmación papal esos ropajes.
Siendo una plataforma de figuración púdica, recatada, que no oculta la culpa sino que la eleva en virtud de su magnitud plástica, no importa la matriz de su expresión, le caben rasgos de todas o de ninguna. El resultado es lo que determina su condición bajo cualquier definición.

Neal, ahora somos héroes reales
en una guerra entre nuestras vergas y el tiempo:
seamos los ángeles del deseo mundial
y llevémonos el mundo a la cama antes
de morir.
(Allen Ginsberg).

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ARNOLDO ROCHA-ROBELL (1955) / IMPEDIR EL OCASO

Bajo esos delirios sin desarmar, “el arte es siempre lírica, o si se quiere, épica y dramática del sentimiento ” (Benedetto Croce).
En el caso del portorriqueño ROCHA-ROBELL, camino sin preguntar e imagino, tal es la fuerza del follaje y la boscosidad humanizada, vehículo de la simbiosis entre magia del saber de la savia y el culto impenetrable.
Pintura que hace de lo esotérico un lenguaje de fulgor, síntesis espiritual, un color que se niega a ser una incógnita aunque se mantenga en los límites de lo evidente y lo oculto.
Sin encerrarse en un cosmos tan sucinto, confiere a su forma configuradora un resplandor, que es el que marca la señal y el fondo de una obra que sin esa reverberación deambularía ciega, invisible, no accesible.
Pero no ha sido así, el fenómeno visual, plástico, ha tenido lugar y con él la culminación de una representación que tiene la clave del ser caribeño en el tiempo.

Escribe y sueña entornando
los ojos. El que así escribe,
está en España penando
y pensando en el Caribe.
(Blas de Otero).

GUSTAVO LÓPEZ ARMENTÍA (1949) / INFIERO Y NO CEJO

No hay que descalabrar nada, todo está ahí, es fácil vislumbrarlo por muy remoto que sea. Si las teorías están agotadas, el arte sigue sin estar exhausto, por eso ha de seguir engañando, sorprendiendo y maravillando.
Eso es lo que hace el argentino LÓPEZ ARMENTÍA, que emprende una obra de barruntos y sospechas sobre como es un mundo salido del soporte, que una vez rasgado muestra signos texturizados, señales, formas, figuras ancestrales.
Cosmogonía plástica que se hace lenguaje, historia, mito en la parca certidumbre de un espacio que ha abierto esas coordenadas para celebrar esa ficción que ahora llega.
De haber dudas sobre el origen, con esta pintura se despejan varias de las relativas a su forma de configurarlas, penetrarlas y auspiciarlas como un rumbo de encuentros y huellas seculares.
La visión reclama sendas de memoria, calibre del ámbito y sensación de las tramas y contexturas, de la pigmentación transformada, del fertilizante alfombrado. Todo un amanecer que se desgrana sin pedir nada, sólo saber que más que nunca es una entrada.

Y busco en el monte amparo,
y busco en tus senos cuna.
Que no me cubra la luna,
que la sombre me dé amparo.
(Blas de Otero).

JEAN-OLIVIER HUCLEUX (1923) / NO ME HE DECIDIDO POR NINGUNA DE ESTAS TUMBAS

Las hago de dos metros por tres durante meses y años, sin dejar un detalle, “en una minuciosa y extraña liturgia del agotamiento de una imagen” (Bernard Lamarche-Vadel).
Y no encuentro la que me conviene a pesar de haber pintado tantas y con tanta perfección para que sean yo mismo en el seno de un reverso luminoso, floral y con epitafio lírico contra la mortalidad del tiempo.
Me paso ocho horas corriendo cada mañana y todos los días, imaginando la parsimonia de la losa, si mausoleo o simple sepultura, si nicho o fosa. ¡Qué infinitud de lápidas!
El francés HUCLEUX, lupa de joyero fijada en el ojo y con un pincel de pelo único, se enfrenta en soledad al trazo de todo lo imposible que se hace posible en un trozo de suelo, pensando en el sarcófago y cortejo, en una inhumación tan real como ilusoria, que al colgarse se deja abierta y ya nunca se cierra por si es necesario dar la vuelta; siempre queda una mortaja que cambiar, un pitillo que fumar o un pecho mulato que tocar.

Maravilloso mar el de la muerte.
Tocar el fondo, al fin, tocar el fondo. No hender las olas en que hoy me escondo,
sino hacer pie pisando, ahondando fuerte.
(Blas de Otero).