Mes: junio 2011

GEORG HEROLD (1947) / LA SONRISA DEL FAUNO

Ya no nos sorprenden ciertas declaraciones, como la del artista Jonathan Meese asegurando que al arte no le hace falta ni contexto ni historia. Por eso me asalta la ira cuando alguien intenta explicarme qué es el arte.Eso no lo sabe nadie, y no es malo que no lo sepamos. Es una de las pocas áreas misteriosas de la vida.
Y no nos sorprenden porque nunca más que hoy en el mundo, la globalización, la tecnología, las tensiones, los conflictos y sus desórdenes, así como el ansia de renovar, de algo nuevo, irrumpen en el arte contemporáneo y de alguna manera lo hacen, según lo apreciado en su conjunto por Marc Jimenez.
Pero si nos atenemos a los criterios de referencia establecidos por Rainer Rochlitz para determinar el valor de una obra de arte como la del alemán HEROLD, ésta los cumple con exactitud y eficiencia conforme a ese patrón.
Brinda una efectiva coherencia, un consumado y pintiparado propósito y una original (y actual) puesta en escena.
Esos muñecos y formas articuladas de madera, algunas incluso pintadas, encierran un encuentro peripatético con el perfil con el que jugamos, suspiramos, bailamos, cedemos y aullamos.
Para unos son fantoches que quieren ejercer de amantes con la mirada, para otros son marionetas que dictan tropos en el silencio animado de un cubo vacío.

Siempre que nos topemos con ellos el saludo ha de ser un gesto que les cautive pero no los desarme, les despierte para el desayuno y los ejercicios del fin del mundo. Mas no nos dejemos llevar por sus movimientos pausados, dulces, no sea que nos sustituyan y nos depositen en un barrizal de escombros.

Todo periódico, de la primera a la última línea, no es más que un tejido de horrores, guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, delitos de los príncipes, delitos de las naciones, delitos de los particulares, una borrachera de atrocidad universal. Y es este desagradable aperitivo con el que el hombre civilizado acompaña su desayuno cada mañana. Todo en este mundo exuda el delito: el periódico, las paredes de las calles y el rostro del hombre (Baudelaire).

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LYNDA BENGLIS (1941) / ME ESTOY ATORMENTANDO

Mantiene Jean-Philippe Domecq que cada uno provoca, cuando va en búsqueda del arte, un planteamiento en cada obra de cuestiones existenciales (desde la alegoría hasta la angustia, desde la reflexión hasta la visión, el placer, el pensamiento).
Pues entonces lo de la estadounidense BENGLIS es una grandiosidad atormentada y aterradora, que se jacta de hallar la raíz de nuestro pánico, el que creemos tan bien guardado, a salvo de pesadillas y formas espantosas.
¿Pero cómo surgen tales masas informes, esas sustancias enormes deshilachadas y con sus propias sombras? ¿Estamos en territorios desconocidos en los que la mirada es un factor de riesgo? ¿Es esa falta de referencia, aunque sea remota, de algo conocido lo que nos da miedo?

Basta la contundencia de esa presencia física para impedir la huida, el soslayar su comparecencia, que se impone como un relato que nunca podemos dejar de lado.
La representación, gracias a esa hibridación de materia, es fuerza, amenaza y una nueva concepción telúrica. Y el absoluto de su visibilidad agita angustias y entendimientos. Mirar la magnitud de estas “cosas” o “seres”, que a lo mejor su finalidad era la de constituir simples llenos para cubrir vacíos, pone en entredicho lo que hasta ahora considerábamos nuestros bases de datos estéticos, nos hace perder sentido de la dirección en ese campo. Pero si nos sentimos confundidos no dejamos también de preguntarnos por la plástica de nuestro asombro.

He superado todos los estadios donde el hombre puede aún encontrar una razón para vivir (Giuseppe Ungaretti).

GÜNTER BRUS (1938) / DESTROZARME NO TENIENDO LO QUE HAY QUE TENER

Se puede decir del arte contemporáneo lo que Meyer Schapiro escribía respecto al arte moderno: “en lo que tiene de más grave, de más profundo, constituye un desafío amenazador, pues ofrece el modelo de una libertad interior deseada y una liberación emotiva que el hombre no se atreve a buscar dentro de sí, o para lo que no está preparado espiritualmente”.
¿Se trata, entonces, en este caso, de atreverse o no atreverse? ¿De desafiar? ¿De liberarse retando al mundo? El austriaco BRUS (accionismo vienés) se redime cubriendo su cuerpo con sus propios excrementos, orinando en un vaso y acabar bebiendo ese líquido de desecho que resulta de la acción filtrante de la sangre de los riñones y es expulsado fuera del cuerpo a través de la uretra, al mismo tiempo que entona el himno de su nación.
Por favor, si quiere probar, no lo haga al pie de la letra, mézclelo con un vino espumoso rosado, le sabrá mejor.

De acuerdo, coincido con Morris Weitz en su definición de que el arte es un ámbito potencialmente abierto, de carácter muy expansivo, aventurado y de incesantes cambios y nuevas creaciones.

Pero también me hago la pregunta de Nathalie Heinich: ¿hasta dónde llevar adelante la experimentación acerca de los límites del arte?

Porque al final corremos el riesgo de dar toda la razón a Jean Baudrillard en lo que sostiene respecto a la duplicidad del arte contemporáneo, consistente en reivindicar la nulidad, la insignificancia, el sinsentido. Se es nulo y se busca la nulidad; se es insignificante y se busca el sinsentido.

Por consiguiente, se escenifica el horror como parte de la condición humana y terminamos expurgando ese asco artístico para siempre. Y pasamos la hoja, ya ha dejado de interesarnos.

Ya no tiene el espíritu la respuesta
ni el corazón la palabra precisa
que devuelve el pulso deseado
Se ha roto el espejo triangular
de los sofismas inviolables
donde los Caminos Únicos convergen.
(Manuel San Martin Palacios)

JORGE BARBI (1950) / NO VUELVO A HACERLO CONTIGO

Yo soy absolutamente contemporáneo, pues hago un trabajo muy especializado, empleo nuevas tecnologías, mezclo géneros y materiales, exploro insólitas formas y experimento con innovadores campos artísticos.
Claro que como soy el gallego BARBI y no paro de preguntar e indagar, para eso poseo una mascota en los huesos y mi silueta está en la pared encadenada a ella, como signos de una rebelión que siempre está aplazada, como los símbolos y maneras de una época que hace del concepto el misal y de la puesta en escena el ser y no ser.
Pero también se pone de manifiesto un humor solapado de dimensión crepuscular, decadente, frío y malencarado. No hay razón por eso para quejarse sino para establecer deducciones que almuerzan con el disimulo y la cuestión que se cuestiona.
Que la percepción de esta obra no conlleve hábitos de lloro ni figuraciones inexistentes, que no echamos en falta el muecín convocando a la oración, ni el clarín del despiece, pues es cierto, como que lo es el que tan sólo hemos de asistir y mirar una ceremonia que ha perdido de vista el ritual porque estaba pensando en la consunción del pene. Punto final.

Me instalo en el mundo
propenso a condenar
cada día
más
mi corazón de hombre
(Giuseppe Ungaretti).

TONY CRAGG (1949) / RECINTOS EN SILENCIO

Escribe Fumaroli que el arte contemporáneo (que hay que tener cuidado de distinguir del arte de hoy, que no se muestra ni se ve) es una entidad fiduciaria concebida, promovida y consumida por un reducido club mundial.
Algo de cierto si que hay en esta apreciación, aunque me resisto a creer que un espectáculo como la obra del inglés CRAGG no sea de la complacencia de cualquier tipo de espectador.
Esos torbellinos que se enroscan y suben hacia lo alto en zigzagueos, o esas formas aladas que se rigen por una naturaleza de una organicidad espuria, más auténtica que la original si cabe. O esos reptiles plateados o esos cilindros verticales u horizontales. Todas estas piezas están ideadas conforme a un espíritu que nada suelto, se divierte arriesgando y apostando, se aventura en el espacio para hacer de él su hábitat, incubando unas condiciones geofísicas que nos permitan protegernos y rehabilitarnos.
Y además el entorno es como si se acoplara a los efectos de estas formas, lo tuvieran como un elemento que conformara cada obra resultante después de tanto tiempo, el que se tarda en volver y regresar, en ir y crear para morir a su alrededor, acariciado por la templanza de esas formaciones que a cada momento están más vivas.

Un enjambre copula en la sangre.
(Giuseppe Ungaretti).