VEJEZ

El artista, a lo largo de su trayectoria, emprende múltiples experiencias estéticas, innumerables ciclos, diversos inicios y heterogéneos finales, hasta alcanzar esa edad en que la decadencia física va dejando una lacerante huella en el imaginario plástico. Piensa que a él, hacedor de vidas plásticas, nunca le pasará.

Vejez y fealdad, vejez y declive, vejez y decrepitud, vejez y enfermedad, vejez y muerte. Constituyen los binomios decisivos de una existencia.

La Edad Media desdeñaba la decadencia humana, el Renacimiento exaltaba la juventud y belleza del cuerpo y juzgaba abominable la deformidad de los viejos.


Du Bellay escribió:

Señora vejez
No me ha dejado más que piedra en los riñones,
Gota en los pies y verrugas en las manos.


Destino biológico inapelable, la vejez, en un creador, es esa angustia por lo que todavía está por hacer, por dar a luz, por culminar la forma definitiva. Incrementa desesperadamente el ansia por dar fin a una obra que él mismo sabe que nunca se va a terminar.


Swift manifestaba que la vejez, además de decrepitud, es la soledad del exilio.


Y en el siglo XIX, Lamennais se preguntaba: ¿qué es un viejo? Un sepulcro andante.


Y en “Fin de partida”, Beckett fustiga nuestra impotencia ante la degradación final.


Simone de Beauvoir confiesa; “la vejez es un destino, y cuando se apodera de nuestra propia vida nos deja estupefactos”.

Y, por otro lado, el psicoanalista Martín Grotjhan señala que nuestro inconsciente ignora la vejez, mantiene la ilusión de una eterna juventud.

Al final, mi amigo Humberto y yo nos asomamos al malecón habanero en una noche de llanto y nos conjuramos para escapar de ese destino aciago, dejando que nuestros cuerpos se sumerjan en un mar que todavía baña de infinita belleza las arenas de nuestra piel.


A LA VERA DEL MALECÓN

Me encuentro con mi amigo Humberto en una Habana tórrida y llena de mar, por la que transitamos hasta llegar a un malecón contrito pero lleno de bellezas prietas con baile en la mirada.

En un momento determinado él me dice que se ve como Diego de Torres Villarroel tal como se retrata en su libro “Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras”:

“A mi parecer soy medianamente loco, algo libre y un poco burlón, un mucho holgazán, un si no es presumido y perdulario incorregible, porque siempre he conservado un aborrecimiento espantoso a los intereses, honras, aplausos, pretensiones, puestos , ceremonias y zalamerías del mundo”.

Después de esta imprevista declaración narcisista -muy propia de los artistas, que tienen que cargar con ella si quieren seguir siéndolo- trae a colación lo que verdaderamente le preocupa, que es el objeto de su propia vida, y que Paul Valéry describió en su día:

“El artista reúne, acumula y compone “in a material medium” un número de deseos, intenciones y condiciones recibidas por todas partes: en su mente y en su ser. Ora piensa en su modelo; ora en sus colores, sus esencias, sus tonos; ora en la carne misma; ora en la tela que absorbe su pintura. Pero todas estas atenciones independientes están, por necesidad, unidas en el acto de pintar, y todos esos distintos momentos -dispersos, recapturados, proseguidos, quedados en suspenso, perdidos otra vez- forman un cuadro en sus manos”.

Estas palabras reflejan casi fielmente el proceso de la creación, el alumbramiento de lo que nuestros ojos hasta ese instante no encontraban y que posteriormente verán con gran pasmo y sorpresa.

Pero Humberto, aterido de angustia, me explicaba que todavía estaba en el trance de agarrar ese instante, pues ya era mucha la holganza que le provocaba tanto ébano y poca la que de verdad le nutría. Pues eso pienso yo también y tengo al malecón por testigo.

JOAN PONÇ

Hace unos días recibí un mensaje del artista ibicenco, Froilán León Orozco, al que le agradezco este recuerdo, en el que hacía referencia a Joan Ponç, el pintor surrealista catalán.

Con motivo de esta evocación, reparé en el injusto olvido en que había caído, tanto él como Aurelio Suárez, el otro gran surrealista asturiano.

Ponç fue un artista de refinada elegancia, que en lugar de tratar de asombrarnos con esas ciclópeas y fantasmales iconografías, nos seducía con fantasmágoricas semblanzas e imágenes de signos y seres que se nos parecían pero que no lo eran, de animales que también querían serlo pero tampoco lo eran, de esos retratos y rostros en los que teníamos que reconocernos y que muy al final lo hacíamos pero partiendo de otro horizonte visual.

Elaboraba un lenguaje muy personal lleno de poesía, de hallazgos e invenciones en que la fantasía del subconsciente alcanzaba todo su esplendor y nos comunicaba toda su carga de melancolía y de soledad transmutada en una senda fabulosa.

El color, siempre en tonos espectrales que diesen mayor exaltación a lo emotivo y maravilloso, se fusiona a la perfección con las formas para cerrar un espacio lleno, sin fisuras, sin vacíos, y en el que desde cualquier ángulo se sitúan los puntos de interés de captación de la mirada.

Ponç ya ha desaparecido pero sigue y seguirá deslumbrándonos, nunca mejor dicho.

LO NEGRO

El color negro ha sido siempre la sombra espiritual por la que circula nuestra idiosincrasia, la forma de concebir el español nuestra fortuna y nuestra visión como destino. Así lo he percibido desde que tuve uso de razón y así me ha escoltado permanentemente, tiñendo todas mis percepciones. Y tal hecho los pintores españoles han sabido captarlo hasta elevarlo a su máxima expresión.
El maestro sufí del siglo XX, Hazrat Inayat Khan, decía que el sufí estudia la oscuridad para comprender la luz y Bill Viola nos explica que según la teoría tradicional persa del sufismo islámico, el color negro era el color supremo, superior al blanco en su importancia fundamental. Y es entonces cuando este artista americano advierte que el negro significa el color de la pupila del ojo, la ventana del alma, la pantalla de proyección en la que se manifiestan todas las imágenes. Y añade que el negro es el color del ojo cerrado cuando se enfrenta a la realidad cegadora de lo absoluto.
Es ese negro del que habla San Juan de la Cruz en su noche oscura del alma, el negro de los pintores barrocos especialmente Zurbarán, Sánchez Cotán. Y Goya. Es ese color negro que llega hasta hoy con Saura, Millares, Tápies, Antoñito López, etc.
En esa pretensión de lo absoluto, muy propia de nosotros, radica quizás ese maridaje con lo negro, con lo sombrío, con esa exaltación de la muerte que a cada instante nos acomete, con ese sometimiento a lo efímero como una zona de paso desoladora, vacía, más cuando la implantación voraz de lo global nos arrebata los más propio de nuestra individualidad.
El artista, a través de lo oscuro, ve, y así nos lo manifiesta. Pero es inútil, lo más normal es que sigamos ciegos.

LA FILOSOFIA DEL DESTINO

Hoy, en mi momento de mi comida en soledad en donde el asado es el mejor bodegón comestible, reflexionaba sobre la concisión del tiempo cuando la resta es mayor que la suma. Bien es verdad que eso no menguaba mi deleite gastronómico, al contrario lo acentuaba, pues soy consciente de un tiempo que ya es una presencia que se siente de forma determinante. Por lo tanto, hemos de aprovecharlo. No hay trascendencia en ello, es un simple hecho empírico que nos deja desarmados. La ontología siempre pierde ante una realidad que se impone por sí misma. Platón no quería verla y los que vinieron después, por desesperación, tampoco. Allá ellos.

Por eso siento esa pérdida en lo que me insatisface y me enerva, en lo que me deja inerme ante mi curiosidad, ante la experiencia que puedo ir atesorando con mi incursión en los terrenos artísticos.

Mi amigo Humberto, pintor habanero del malecón, que me permite utilizarlo como interlocutor de los viajes hacia la conciencia de lo que es el quehacer artístico, siempre es un eterno -ya quisiera él- buceador de lo que es o puede ser un universo estético en el que se fusionen pasado, presente y futuro. La utopía de lo imposible que alguna vez será posible. Está bien hablar de ello mientras el ron nos acompañe y una mulata de cuerpo vartiginoso se pasee delante de nuestras inodoras narices.

Y Luis, mi amigo dueño del Pote de Cobeña, refugio de hambrientos soñolientos y conversadores de barra cenicientos, y al que después me arrimé, me explica que el arte contempóraneo no lo ve, no lo percibe, queda lejos de su iconografría óptica y de su realidad vital. Siempre quedará Velázquez, vive Dios.

Y al final, por lo que respecta a lo que es el quehacer artístico predominante ahora, siempre nos perseguirá esa fatalidad maldita del elitismo, de la minoría, de la selección. Y no sabemos como romper ese nudo gordiano. Y es difícil que eso cambie. Pero hay que seguir intentándolo.

MI NATURALEZA

No puedo dejar de transcribir un texto del poeta Heine muy a tono con nuestras perversiones más íntimas, con nuestros delirios más recónditos, sin perder por ello un ápice de cierto humor sardónico, el necesario, simplemente, para seguir en el margen de resistencia del que hacemos gala cada día, aunque cada vez menos:

“Mi naturaleza es de las más apacibles. Mis deseos son: una casita humilde con su tejado de paja, una buena cama, buena comida, la leche y la mantequilla más frescas y unos cuantos árboles de buen porte frente a mi puerta; y si Dios quiere que mi felicidad sea completa, me concederá la dicha de ver a seis o siete de mis enemigos colgados de esos árboles. Antes de su muerte, con el corazón conmovido, les perdonaré todo el mal que me hicieron en vida. Es verdad que hay que perdonar a los enemigos; pero no antes de ahorcarles”.

EL DIBUJO BORRADO

Willem de Kooning era un gran y portentoso dibujante y esa condición se manifestaba claramente respecto a la generación siguiente de pintores americanos.

Un día, Robert Rauschenberg apareció en su estudio y le pidió un dibujo. De Kooning, algo sorprendido, le ofreció uno de técnica mixta de hacía unos años. A continuación, Rauschenberg, con el dibujo en su poder, lo borró y en 1.953 lo expuso con el título “De Kooning borrado”, algo que, como es lógico, enfadó terriblemente a éste.

De esta anécdota se pueden derivar interpretaciones y conclusiones varias, si bien la vertiente ética y afectiva marca un contrapunto que es el que inicialmente llama la atención. Es penetrar ya en el ámbito de la legitimidad y hasta de la licitud o ilicitud, con independencia de que pensemos que es un gesto ofensivo y desagradecido.

Y después, y al hilo de ester primer corolario, nos asalta la sensación de que tal hecho formaba parte del pasado, que constituía un acto de rebeldía y destructivo muy a tono con el movimiento dadaista de principios del siglo XX. Un acto irreverente que se comete con el fin de mostrar que hay que borrar lo que nos precede porque no es válido, porque siempre estuvo obsoleto y caduco fuesen las obras de artistas de genio o no.


Es, dentro de este contexto, un ideario donde la novedad y la innovación se erigen en los auténticos vértices del quehacer artístico, o lo que es lo mismo, en la erección de un código programático que no tiene en consideración otras herramientas más que las que se necesitan para crear invenciones de todo tipo. Es una experimentación sobre otros moldes, sobre otras fórmulas. Pero también es cultivar la impostura, el nihilismo, un conceptualismo vacío, sin agarre en lo real. Es la búsqueda, por encima de todo, de un impacto visual y un escándalo social fruto de la provocación.


Con ello se produce una quiebra y una supuesta pérdida, con motivo de la misma, de un desarrollo que hubiese marcado pautas más sólidas y también enraizadas en una forma de hacer arte acorde con su tiempo. El valorar la mera innovación por sí misma no garantiza sus resultados. O por lo menos ese es mi pensamiento.

EL COMERCIO DEL ARTE

Este pasado sábado visité una vez más la Feria de Arte en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid. Suelo acudir todos los años porque mantengo la esperanza de que nos haga disfrutar del mejor arte que se hizo y se continúa haciendo en España.

Y cada año salgo con el mismo sabor agridulce aunque no desengañado del todo pues con que haya esa obra que nos deslumbra y engancha es suficiente.

Y a este respecto he de señalar que me topé con un imponente retrato de Antonio Saura que compensaba cualquier incomodidad o cualquier sacrificio que uno hubiese soportado en el hecho de desplazarse a este evento.

Antonio Saura es un genial retratista que reune en esas obras de gran formato una síntesis y una culminación. Veo a Velázquez y a Quevedo. Incluso a Goya y Gutiérrez Solana. Y también a Zurbarán. Es un compendio donde historia y pintura se emplazan y se exaltan. Y es la magia de una visión que ha tenido la capacidad para mirar más allá y después traerlo más acá, hasta nosotros como espectadores de lo contemporáneo pero también de lo que nos ha situado en el tiempo.

También se exponían trabajos relevantes de Rodríguez Luna, Feito, Guinovart y un Barceló que me pareció desbordante (tiene la virtud, nunca mejor dicho, de bajar a ese mundo, el telúrico, y visualizarnos su misterio como un espíritu siempre en trance). Por supuesto, no faltaban los Picassos y Tápies acostumbrados. Y unos grabados de Lucio Muñoz que me fascinaron.

Por otro lado, es deplorable que según vas acercándote a los stand vas percibiendo el murmullo del va y viene de los tratos, de la especulación, de las transacciones, de las quejas, como si de lo que de verdad se debatiese fuese similar a lo que que se encuentra uno en el Corte Inglés. Igual. Y no digo que no sea procedente, al fin y al cabo es un mercado, lo que siento profundamente es ese “chafardeo” que lo degrada y lo desvirtúa. Que el arte no puede vivir sin ese comercio, debe de ser cierto de momento porque no se han intentado nuevas alternativas que funcionasen con éxito. Pero no por ello debe abandonarse el intento pues hay demasiados intermediarios -siempre desgraciadamente presentes en todas las facetas de lo económico-, especuladores, miserables y vividores a cuenta del mismo.

He de apuntar además que por parte de los representantes o encargados de las firmas que exponían era objeto de una mirada despectiva. Siempre me ocurre. Estaba claro que no me veían como potencial comprador (es que ni siquiera daban margen a la duda, ¡triste aspecto el mío!). Y no es de extrañar examinados los precios.

El año que viene repetiré y no dudo que saldré de nuevo con el mismo sentir. Alabado sea.

LOS ROSTROS

Los rostros siempre han despertado en nosotros ansias, angustias y perturbaciones. Verlos, cuando su especificidad es penetrante, nos conturba tanto que en un primer momento queremos pasar de largo, para después regresar a su presencia e intentar descifrar aquellos rasgos en aras a distanciarnos de ellos lo máximo posible.

Este grafito, obra del pintor ibicenco y metafísico, o así me parece, Froilán León Orozco, tiene un formato de radiografía, ésa que nos desnuda y nos deja ver la osamenta abominable con la que hemos sido creados y hemos evolucionado. En este caso, sin llegar a tanto, se percibe esa intencionalidad, la de una visión interior que se impone a una realidad exterior.

Visión interior que modula unas facciones óseas, duras, alargadas, inhóspitas, carentes de gestos (no importa si son de hombre o de mujer), con unos ojos fijos que se te clavan en la mirada y la atraviesan. Y para que esa revelación sea más honda, la faz se configura inarmónicamente pero articulada como un todo, de tal forma que absorba la imperfección de nuestra propia naturaleza. Derecha e izquierda son como mapas con distintas coordenadas físicas, en unas las curvas tienen amplitud, en otras líneas rectas como tajos. Y esa extraña oreja con apariencia de insólita caracola.

No es cuestión de hablar de antecedentes, ni de observar afinidades o influencias. De lo que se trata es de admirar su misterio, de admirar la magia plástica que se contiene en un rostro que se ha sabido definir con la propiedad de lo que el arte requiere. Y también de esa sabiduría instintiva que hace salir de lo informe, de la nada, la verdad de nuestra propia condición.

Los rostros, desde la antigüedad, siempre nos han obsesionado porque es aquella parte del cuerpo humano que consideramos el centro de la vida y de ahí la infinidad de retratos y efigies que se han ido multiplicando. Y que seguirán porque todavía continúan siendo capaces de construir una realidad que el artista no dejará de utilizar. Pues bien, lo que hay que hacer es disfrutarlos y concederles un espacio en nuestra existencia.

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