PAISAJES DE FORTUNA

Antonio Guansé, artista español, se ha propuesto desde el inicio de su trayectoria invitar al espectador a que comparta el sentido, orden, magia y razón de un proyecto cargado con el son de un color múltiple que se transmuta en realidades que sólo sirven para ser soñadas.

Y así su obra se va tejiendo en un lenguaje y una trama que no revela sino que induce a traspasarla con los ecos dejados por formas cromáticas reconocibles. No podemos tocarlas pero sí acariciarlas con la mirada y si en silencio nos despertamos dentro de ellas, entonces sabremos que hay misterios que no se desentrañan, que deben seguir ocultos en su policromía constitutiva.

Hoy tampoco bajamos al malecón, instigador durante estas lunas de la celebración de naumaquias para que los muertos maten, en una parodia de combate, a los vivos. Y ya son demasiados los que van cayendo en un teatro propicio a la desolación y el hambre.

ARSHILE GORKY

Hay artista a los que se le atraviesa el destino y a pesar de ello construyen una obra donde dejan la huella inconfundible de su tenacidad y tozudez, de su asidero a la búsqueda de un portento que no ha de salvarles pero sí confortarles gracias a esa vibración de lo que nunca se piensa que pueda perecer.

Gorky, huyendo del genocidio armenio, llegó a los Estados Unidos, reinventó su identidad y joven todavía, cuarenta y cuatro años, se ahorcó, después de incontables y crueles sufrimientos (su estudio se incendió, se fracturó el cuello y tuvo un brazo paralizado temporalmente, contrajo un cáncer y su mujer le abandonó llevándose a sus hijos).

Este pintor, que absorbió magistralmente las tendencias y corrientes europeas de principios del siglo XX, creó su propia plástica reinventándola también, haciendo que fuese un presente diáfano sobre el que cimentar un futuro abierto. Y su consecución se logró a través de dejar fluir en el espacio del soporte seres o criaturas entre la vida y la inmaterialidad, entre lo que se oculta en nuestro mundo y lo que aparece en una realidad percibida en su misma dimensión ficticia, aquella que ampara una naturaleza que se desborda físicamente y pese a ello no es amenazadora sino una consagración de lo que pudo ser.

Mi amigo Humberto y yo no hemos bajado hoy al malecón, él es el que ha subido al taller a sentarse entre nosotros. Quería ron y ver sueños remotos en el lienzo que tenía enfrente y sin terminar. Si llegaba a contemplarlos nos ofrecería un tiempo muy breve para lavar nuestros males y pesadillas. Pero no le creímos y por eso seguimos, cuando se fue, despojándonos de la sed de todos ellos.

PARA ESO HABEIS NACIDO

Goya graba la serie de los «Desastres de la guerra» entre 1810 (él tenía entonces sesenta y cuatro años) y 1820, periodo en el que tiene lugar los siguientes acontecimientos:
Comienzo de la lucha de las guerrillas en España en 1810; aclamación de la República de Venezuela en 1811; promulgación por las Cortes de Cádiz de la Constitución española y derrota francesa en Arapiles en 1812; declaración de la independencia de Méjico e inicio de la difusión del romanticismo en Europa en 1813; abdicación de Napoleón en Fontainebleau, coronación de Fernando VII como rey absoluto y restauración de la Inquisición al tiempo que se echa el cierre a Universidades, teatros y periódicos en 1814; derrota definitiva de Napoleón en Waterloo y constitución de la Santa Alianza en 1815; independencia de Argentina en 1816; independencia de Chile en 1818; formación de la república de Colombia en 1819; y proclamación por Riego de la Constitución de 1812 en 1820.
Nunca una obra como esta serie ha sido el corazón y el alma de una humanidad atormentada y de una realidad histórica condenada a desgarrar el destino del hombre.
Nunca han proliferado tantos fantasmas en el malecón y con tanta hambre como estas noches en que sólo los ciegos ven. Mi amigo Humberto y yo tenemos que ofrecerles nuestro ron y huir, pues sus espirítus en sombra pueden devorar la escueta penumbra en la que nos cobijamos, resto miserable de una destrucción que no cesa.

MUJER

Jackson Pollock alcanzó la cima cuando realizó en 1.944 «Mural», un óleo sobre lienzo de casi dos metros y medio de altura y más de seis de anchura (que acabó en una sola noche y un día), encargo de la coleccionista millonaria Peggy Guggenheim.

Sin embargo, esta otra obra, «Mujer», realizada unos años antes, entronca más con las vivencias de un artista -rebelde, solitario, extraño, alcohólico y depresivo- cuya madre dominante y autoritaria ejercería sobre él un influjo agobiante y nefasto.

Admirador de la estética de los muralistas mejicanos Siqueiros y Orozco, este icono bárbaro, poderoso, opresor, violento y amenazador, es el medio que ha encontrado para expresar esa pesadilla nucleada en la mujer, ya sea amante, prostituta o madre, acompañada de sus propios engendros grotescos.

Una foto de familia en la que la monstruosidad es el engaño de la razón, la destilación de una alucinación que tiene en nuestra mente una revelación que después toma una realidad plástica, como una presencia imposible que se hace visible en esta pintura.

Él supo verlo, además de intuirlo, agrandarlo, formularlo con los tonos y formas adecuados, exorcizarlo con la fuerza de la materia que se rehace, se recrea a sí misma, y con la energía de un sueño que nunca termina.

Mi amigo Humberto, en nuestro paseo camino del malecón, me susurra que él, como Calígula, está enamorado de la luna pero es incapaz de atraerla a su regazo. Hazaña imposible, le digo. Y en ese instante quedamos helados y con la respiración erizada. Vimos como se ejecutaba a un parricida según la antigua ley romana: se le encerró en un saco de cuero con un perro, una serpiente, un loro y un mono, y luego se le arrojó al mar. Tiempos crueles e inexorables, pensamos.

HOMBRES QUEMADOS

  • Hay pintores que no permitieron dejarse atrapar por las tendencias o corrientes plásticas vigentes en los momentos posteriores a la II Guerra Mundial.
  • Por el contrario, son artistas que al filo de una humanidad envuelta y acorralada por actos de barbarie, postulan una obra que escarba en la propia corporeidad, en la materia animada que la conforma, para encontrar en su carne quemada por el artefacto mortal la condición de su deshumanización.
  • Leon Golub, creador estadounidense, cofundador de la escuela de Arte de Chicago, ofrenda, en estos hombres quemados, la negación de lo que nos dignifica, de lo que nos hace espíritus libres, solidarios y tolerantes. Ellos, a través de esa formulación plástica despiadada, son los seres repulsivos que nos repugna ver como víctimas pero que están ahí, a nuestro alrededor, porque también forman parte de nosotros y por lo tanto no podemos rechazarlos.
  • Mi amigo Humberto sigue paralizado, casi en un estado catatónico. El silencio de la destrucción no ha acabado, se ha extendido por todas las esquinas como una nube negra y baja y amenaza con sangrar más vidas. Hasta el malecón ha dejado de guarecer sombras para hacerse invisible.

EL ASCETISMO EN PINTURA

El marco de la plástica contemporánea se ha ampliado y enriquecido con la introducción de nuevos soportes, materiales, objetos, tecnologías y plataformas, cuya versatilidad ha permitido nuevos hallazgos y contenidos.

Pero al pintor español Cristino de Vera no le ha hecho ninguna falta tal aportación porque su pintura reivindica el espíritu sobre la materia, la poesía sobre la prosa.

Un ascetismo luminosos e ingrávido, etéreo, cubre de melancolía y misticismo la superficie de sus lienzos, en los que la ausencia de lo accesorio centra el símbolo plástico dentro de una urna cuyas paredes están tapizadas con cenizas calladas.

En él la pintura se recoge en sí misma, deja que su esencia más pura flote sobre su agonía y pregone una oración de despedida.

El malecón continúa en silencio por los habitantes que se han ido y las ruinas que han caído. Ya han renunciado a escupir más rabia. Mejor aceptarlo así.

VIRTUD, HONOR Y TEMOR

Montesquieu, en el Espíritu de las leyes, nos remite a tres elementos fundamentales: el honor en las monarquías, la virtud en las repúblicas y el temor en las tiranías. Si, en una traslación heterodoxa, llevamos analógicamente estos tres ingredientes al campo pictórico, tendríamos que la virtud se reservaría para la pintura que deja huella de sí misma como lo que es, el honor para la que que teniendo clara la consumación no llega a alcanzarla y el temor para la que sólo busca el remedo, la simulación o el encubrimiento.

La pintura se asemeja a la acción política en sus mecanismos, el primero referido al fin que se persigue, el segundo a la meta a la que se orienta de forma imprecisa y el tercero al sentido que se manifiesta en ella al ejecutarse (Hannah Arendt). Pero la diferencia básica se encuentra en el modo en como se hilvana una y otra, desde la individualidad insustituible en el primer caso (no siempre, es verdad), a partir de lo colectivo en el segundo.

José Luis Comellas, en su libro «El último cambio de siglo», afirma que «el sabio positivista de últimos del siglo XIX busca la fisis -la manifestación externa de las cosas-, y renuncia a conocer y sobre todo a comprender la esencia de las cosas mismas.Se queda en la superficie y en la superficie encuentra precisamente lo que busca: las aplicaciones prácticas de los fenómenos, que no su explicación», pues se identifica como nunca utilidad con verdad.

También esta observación y distinción podemos trasladarla o extrapolarla al mundo de la pintura, pues a todo lo largo del siglo XX y hasta hoy no hemos parado de preguntarnos en esos términos en todo lo relacionado con los «ismos», las vanguardias y sus desarrollos. Y seguro que no dejaremos de seguir buscando y separando lo superficial y útil de lo que va más allá.

Tiempo de desolación en el malecón. Sus habitantes, en silencio, mudos, palpan sus heridas y cicatrices, hacen inventario de sus pérdidas y ruinas, catalogan sus miserias y como llevarlas en procesión. Un vendaval huracanado habrá causado una indigestión de hambre y sed de nuevo y con ella tendrán que seguir viviendo o muriendo, ya no hay para el caso tanta diferencia.

EXTRAÑA VISIÓN

Hacía referencia el crítico Cesáreo Rodríguez-Aguilera a propósito del pintor Alfonso Costa Beiro, autor de esta obra, a Aldoux Huxley en lo de que «la realidad es un infinito que sobrepasa la razón». Pero también aludía a los surrealistas en aquello que decían: «lo extraordinario de lo fantástico es que lo fantástico no existe».

Dos personajes inconcretos, vestidos con la piel de una textura fría, acuosa, casi líquida, en un lecho tumba, confrontan una realidad ya vivida y muerta, que entregan a nuestra mirada con la aureola de un cielo de fondo que emana un silencio oscurecido.

Esta extraña poesía desgrana el sigilo de un color que ha evitado que el drama convulsione la forma y ésta se rompa en mil pedazos. Hay una tensión que se despoja y engaña, y también una atracción que sobrepasa la razón y hace que lo fantástico sea real y no extraordinario.

Hoy no me apetece pasear por un malecón que ha escondido los dientes y las uñas. Mi amigo Humberto y yo nos refugiamos en la desolación de su taller a rogar que lo fantástico no sea tan verídico que nos deje una penumbra tan clara que nos impida ver la luz.
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